—Cariño, tranquila, fue una pesadilla —mi padre me apretó en sus brazos, protegiéndome de mi sueño—. Y tú jamás serías una carga para mí. El aroma de la piel de mi padre y su calor poco a poco me devolvían a la realidad. Acariciaba mi cabeza con ternura, como lo hizo esa vez que entré llorando a la casa pidiéndole perdón después de escuchar a las señoras. Mi llanto poco a poco se calmó, pero aún no me sentía lista para salir de los brazos de mi padre. No sé cuánto tiempo estuvimos abrazados, pero yo ya había dejado de llorar. —Lo siento, papá, soñé con aquel departamento —hablé en voz baja, casi apenada. Después de salir de ese lugar, nunca habíamos hablado de ello. —No te disculpes, fueron tiempos difíciles y tú también la pasaste mal —con un dedo en mi barbilla levantó mi cara p

