Mike manejaba sosteniendo el volante con una mano mientras con la otra sujetaba la mía. A pesar de ser un chico de veinte años —solo uno mayor que yo—, se veía sumamente masculino al conducir de esa manera. De pronto, mi celular sonó con la notificación de un mensaje. Ya sabía perfectamente de quién se trataba. Abrí el bolso, saqué el teléfono y revisé la pantalla: efectivamente, era mi padre. ¿Quién es ese chico? ¿Desde cuándo sales con él? ¿A qué estás jugando? —Jajaja —no pude evitar soltar una risita burda. Mi padre de verdad creía que podía presentarse de la nada, traerme a su dichosa novia, dejar que se quedara a dormir para acostarse con ella y decirme tan campante que planeaba invitarla a vivir con nosotros, sin que yo moviera un solo dedo. —¿De qué te ríes? —preguntó Mik

