Un fallo en el disco duro

1227 Words
El Desorden del Subconsciente Sara —Sara, necesito hablar contigo. Su voz seria, ordenando y sin una pizca de lo que había escuchado en todos estos días me sobresaltó. Había entrado a nuestra habitación y hablado como el científico loco que conocía y eso me asustó. ¿Será que recién cayó en cuenta que lo rechacé? o peor ¿será que quiere eliminar nuestro nuevo contrato? Con sumo cuidado me levanté y lo miré a los ojos. —Déjeme cobijar a Emma y salgo, espéreme abajo. No se movió, así que debí hacer las cosas delante de él. Coloqué a mi pequeña Emma en la cuna con sumo cuidado, dejé el pequeño conejo que compramos por Ebay y los arropé a ambos. Le di un dulce beso en su frentecita y me diriji a la salida de la habitación. Ni lo miré, solo pasé por su lado con mi ceño fruncido por la molestia que me provocaba su intromisión. Escuché sus pasos tras de mí y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo al notar que estaba cerca... demasiado cerca de mí. —Sara... Me detuve en seco y fue un error. Su torso chocó con mi espalda y juro que iba a caer escaleras abajo. Cerré los ojos esperando lo peor, pero nada. Sus manos me habían sostenido y en vez de caer a la muerte, choqué con él. —Debes ser más cuidadosa, no puedo perder a mi mejor activo. Susurró en mi oído y su aliento cálido me hizo temblar. —Se... señor ¿qué quiere decirme? Me giró para quedar frente a frente, sus ojos particularmente grises se veían negros y sentí un cosquilleo en mi espalda al ver que no me soltaba. —Quiero. No. Necesito comprobar algo. Y de la nada me besó. Fue un beso torpe, pero necesitado. Sus manos, creadas para teclear y crear fórmulas y algoritmos, se movian de manera experta, con cálculo medido por cada centímetro de mi piel que ardía como si un láser le estuviera tatuando su nombre para hacerla suya. —Se... señor...Ah... No sé en qué minuto estaba en su habitación, en su cama, él sobre mí, entre mis piernas, desnudos, mientras su lengua prodigiosa me comía el coño como su fuera un verdadero manjar de los dioses. Mis manos, tal como la mejor pianista, tocaban cada parte de su musculosa espalda. Mis piernas se habían rendido y abierto para dejarme expuesta a que hiciera lo que quisiera conmigo. Estaba completamente perdida, cada partícula de mi cuerpos se atraía a la suya con una fuerza directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa... Espera... ¿Acabo de señalar que el sexo es igual a la ley de Newton? —Sara, no... El despertar fue violento. Pasé de la calidez húmeda de un sueño profundo a la conciencia punzante de la Víspera de Navidad, mi cuerpo tenso y mi respiración superficial. Me incorporé en la cama, que, irónicamente, era la cama de invitados y no la de él. El silencio era casi absoluto, solo roto por la monitorización suave de la cuna de Emma a mi lado. Me senté allí, temblando ligeramente, sintiendo el calor incómodo de la piel que lentamente se enfriaba. Mi mente corría a mil por hora, intentando borrar las imágenes, las sensaciones, los datos perturbadores que mi subconsciente acababa de procesar. —¡Maldita sea, Sara! Había soñado con Klaus. No con el jefe autoritario y distante; sino con el hombre. El hombre sin traje. El hombre con los músculos tensos por la exitación, pero las manos sorprendentemente hábiles y cálidas. El hombre que, en mi sueño, no estaba analizando una hoja de cálculo, sino mi cuerpo completito expuesto a él. El sueño era ridículo y vívido...estábamos en su habitación, a la que sólo he entrado una vez en mi vida. La luz de la lámpara de mesa ya no era cruel, sino cómplice. Y sus ojos, esos ojos grises que solo yo había visto ablandarse por una bebé, me miraban con una intensidad hambrienta que no había visto ni en mis fantasías más audaces. Lo peor de todo era la precisión de mi mente en el sueño. Recordaba la sensación áspera de la barba de las cinco de la tarde contra mi piel y la forma extraña en que sus dedos, diseñados para teclear algoritmos, se movían con una deliberación lenta y casi científica. Él no me tocaba con pasión descontrolada; me tocaba con la meticulosidad de quien está resolviendo un problema complejo y glorioso. —¿Qué diablos me pasa? Me levanté de la cama, caminando descalza por el frío mármol hasta el ventanal. Miré la ciudad iluminada y negué con la cabeza. —Racionalicemos, Sara. Analicemos el fallo. Mi cabeza, que ahora era un ser analítico, casi tan parecido al de él comenzó a hacer cálculos sin sentido. —Las causas, Sara... Sí, eso... Todo esto es culpa de la sobrecarga de trabajo. También a la privación de sueño. Estrés por ser la única conexión funcional entre una bebé y un genio multimillonario. Y, honestamente, el rechazo de su propuesta de matrimonio me dejó una extraña tensión no resuelta. El Objeto: Mi cerebro está obsesionado con Klaus porque él es el problema que necesito resolver. Mi subconsciente está proyectando la Integración de la Anomalía en la única forma que el cuerpo conoce: el contacto físico y la intimidad. Es una compensación biológica. ¡Babosadas, Sara! Ninguna compensación biológica justifica la forma en que mi corazón se aceleró al recordar la forma en que su mano atrapaba mi cintura en el sueño. Me había reído de él por proponerme matrimonio, lo había llamado loco y le había ordenado dejar de pensar babosadas. Y ahora, era yo la que estaba teniendo las babosadas más elaboradas y hormonalmente cargadas que se podían imaginar. El hombre es un iceberg emocional. Está a punto de cometer un error en la ecuación llamado amor paternal, y yo estoy aquí, a punto de cometer un error en la ecuación llamado deseo. La ironía era exquisita. Había pasado un mes tratando de humanizar a Klaus, de enseñarle que el afecto y la calidez existían fuera del código. Y en el proceso, mi propio sistema operativo se había corrompido. Me acerqué a la cuna de Emma y la miré. Dormía pacíficamente, era mí anomalía adorable. —Mira lo que hiciste, pequeño Error —le susurré—. Nos convertiste a los dos en personas locas. Tenía que eliminar el input. Tenía que concentrarme en la Nochebuena. Tenía que volver a ser la asistente competente, la estratega funcional, y enterrar la imagen de Klaus con el cabello revuelto y esa mirada en sus ojos que me penetraba. Pero el recuerdo persistía, un loop de imágenes que se negaban a eliminarse de mi disco duro. Por primera vez, entendí el vértigo que él debía sentir al enfrentarse a algo que no podía controlar. Me froté el rostro con ambas manos. La próxima vez que lo viera–y eso estaba a minutos–, no podía mostrar ni una pizca de incomodidad. Tenía que ser más profesional que nunca. –Concéntrate, Sara. Es Noche buena. Es un hito. Y él es solo tu jefe. Aunque ahora, mi jefe en mis sueños, era mucho más que eso.
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