El Árbol de Navidad: Un desorden luminoso

1110 Words
Robert Klaus Von Richten Había firmado el nuevo contrato de Sara con una resignación profesional que ocultaba un profundo alivio, para ella no para mí. Su salario era, de hecho, excesivamente alto, pero su propuesta de valor era aún mayor. Ella se quedaba– no como yo lo quería, pero se quedaba–. El sistema continuaba. El rechazo matrimonial fue un bug inesperado que archivaría como un error de cálculo social y procedería a ignorar. «A quién engañas...» Me volvió a hablar esa vocesita en mi cabeza y me asusté. Debo decirle a Donovan que me pida esa hora al doctor, pero ya. Esto era preocupante sobre todo para mi estabilidad. Laboral y experimental, digo... Pero a pesar de la firma del contrato, el aire de la Víspera de Navidad era denso con la nueva tensión en el ambiente. Se había reído de mí. Me había llamado loco. Y sin embargo, allí estaba yo, incapaz de dejar de observarla. De fijarme en cada uno de sus gestos, como si quisiera grabarlos en mi disco duro para la eternidad La última fase del plan de Sara para el cierre de la primera etapa del proceso era instalar el Estímulo Visual de Festividad. Un árbol de Navidad. Había ordenado un abeto perfectamente simétrico, seleccionado por su densidad de ramas y su altura ideal de 2.5 metros. Sara lo había aceptado, pero había insistido en decorarlo con una pila de baratijas que, según ella, eran tradicionales y sugerían calidez de hogar. Ahora, estaba yo sentado en un taburete de diseño ergonómico, pero incómodo, en la sala de estar, fingiendo leer un informe sobre volatilidad del mercado, mientras mi atención se desviaba, cada cierto rato, hacia el caos colorido que se desplegaba a mi lado. Sara estaba en el suelo, con E sentada en su regazo, asegurada en una posición estable y funcional. —Mira, Emma preciosa —le susurraba Sara, sosteniendo una bola de vidrio de color rojo brillante—. El color es primario. Es un objeto redondo. ¡Brilla! E, con sus ojos grandes, intentaba atrapar la esfera, balbuceando con emoción. Sara se reía de nuevo; esa risa que sonaba como un viento cálido. Era un sonido que invadía el ambiente, mucho más efectivo que la música de cámara que yo solía programar cuando trabajaba, o sea siempre. «Hasta que llegaron ellas» Era como un canto a la alegría y eso me ponía los vellos de punta... El árbol no era un modelo de perfección. Las luces, que debían estar espaciadas uniformemente– a dos centímetros de distancia, calculadas para que fuera perfectamente iluminado–, estaban agrupadas de forma irregular en la parte inferior. Las guirnaldas de oropel, que Sara llamaba cabello de ángel, colgaban en mechones desiguales. Que decir de las baratijas. Era un desorden luminoso, un triunfo de la emoción sobre la geometría específica. Sara, con las mejillas sonrojadas por el esfuerzo y el calor, se levantó con E en un brazo. Subió al pequeño taburete que yo usaba para alcanzar los libros más altos y a mí casi me da un micro infarto pensando que ambas podían caer, pero no me pude mover, estaba absolutamente absorto mirándolas. Admirándolas. —¡Momento crucial, mi precioso Error! —anunció, y colocó una estrella torcida en la punta del abeto. E agitó sus brazos, gritando de alegría. Y entonces la vi. No como mi asistente, ni como la cuidadora de E, ni como la mujer que me había humillado con su risa. La vi como la fuente de toda esa calidez y ese desorden precioso que iluminaba nuestras vidas. La luz de las luces navideñas se reflejaba en el cabello de Sara, creando un halo de oro pálido. Su rostro, sin maquillaje y marcado por el cansancio de las últimas semanas, era más hermoso que el de cualquier mujer que hubiera conocido en los eventos de la alta sociedad. Ella no intentaba ser perfecta; ella era real, y esa realidad era extrañamente embriagadora. De repente, sentí la necesidad de congelar el momento. No para analizar, sino para poseerlo. Sara es la única que ha traído color a mi vida... Sara es la única que ha hecho reír a E... Sara es... mía. No, espera... ella rechazó el contrato. Corrijo... Sara está bajo un cotrato... No por nada había firmado y ganaría lo que alguien podría ganar en una vida completa de trabajo y más, pero yo no quería eso... quería más. El pensamiento lógico se perdía en la neblina del sentimiento. La estaba mirando con una intensidad que no podía justificar. No era solo deseo físico; era una profunda y aterradora necesidad de permanencia. Ella era el núcleo de mi nueva y funcional existencia. Ella era simple Sara... «Asúmelo, te estás enamorando – si es que ya no lo estabas antes – y eso te aterra...» —El árbol está listo, Señor —anunció Sara, bajando del taburete y sacándome de esa discusión con esa voz. —Es... asimétrico —logré decir, mi voz un poco ronca que casi me desconocí. Ella sonrió, ese gesto dulce y desafiante que me empezaba a fascinar como el código de Fibonaci, cada día más. —Es perfectamente asimétrico, Señor. La belleza del error. Se acercó a mí, y mi corazón, esa bomba biológica de la que rara vez me acordaba, dio un vuelco. —Ahora, su Hora de Interacción. Y luego, el chocolate caliente. Usted necesita desconectarse. Estamos a nada de Navidad, Señor. Me tendió a E. La tomé, sintiendo su calor y ese aroma que ahora era tan familiar, pero mis ojos no se apartaban de Sara. Ella se dirigió a la cocina. Me quedé allí, embobado, con E en mis brazos jugando con una esfera, el desorden del árbol de Navidad reflejado en mis ojos. El sentimiento no era lógico, pero era irrefutable. Yo necesitaba a Sara. Y si no la podía tener como mi esposa, tendría que encontrar una nueva función en el código para asegurarme de que ella nunca quisiera irse. El armado del árbol, las luces y cuanta parafernalia se le había ocurrido a Sara, se extendió hasta la medianoche. Después de que por fín se retiró con E a su habitación— designada ahora como el Núcleo de Logística de E—me quedé solo en la sala, mirando el árbol asimétrico. Las luces parpadeaban, arrojando sombras caóticas sobre las paredes de hormigón. Por mi cabeza pasaban una serie de movimientos, cálculos y presunciones. Frente a mi el experimento de la vida continuaba, y la variable incontrolable, Sara, era la única clave para la felicidad. Nuestra felicidad. Mí felicidad.
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