La Jaula de Hielo

786 Words
El aire olía a humo, a barro y a piel quemada. Cuando las ruedas del carruaje se detuvieron de golpe, supe que habíamos llegado a algún sitio. No sabía cuál, pero por los gritos, los látigos, y las órdenes gritadas en un dialecto sureño mal hablado, entendí que no sería agradable. El chirrido de la puerta al abrirse fue como un puñal en mis oídos. La luz del día me golpeó con fuerza y entrecerré los ojos. Apenas pude ver bien, ya había unas manos toscas sujetándome los brazos y arrastrándome fuera. Caí al suelo de rodillas, aún débil. Mis muñecas estaban atadas con grilletes, al igual que mis tobillos. El metal me mordía la piel con cada movimiento. —¡Levántate, perra! —me gruñó uno de los guardias, y me dio una patada en el costado. No grité. No le daría el gusto. Me puse de pie temblando, pero no por miedo. Era rabia. Una rabia que me hervía en la sangre, que me hacía desear tener una daga oculta en el muslo y rebanarle el cuello. Pero estaba desarmada. Débil. Y por ahora, debía aguantar. El campamento era enorme. Oculto en el corazón del bosque fronterizo, apenas se veían las tiendas cubiertas de ramas y lonas, el humo de las fogatas y los gritos de los esclavistas. Había niños acurrucados junto a una carreta rota, hombres encadenados uno al lado del otro como ganado, y mujeres... demasiadas mujeres. Nos separaron de inmediato. Los niños lloraban, llamando a sus madres. Los hombres gritaban, pero estaban demasiado débiles para resistirse. A las mujeres jóvenes nos arrastraron a un rincón más apartado. Allí nos inspeccionaron como si fuéramos carne en el mercado. Una de las bestias que me examinó se pasó la lengua por los labios mientras me recorría con la mirada. —Esta se ve cara —murmuró. Si no estuviera atada, le habría destrozado la cara de una patada. Me empujaron hacia una tienda cubierta de lonas oscuras. Allí dentro había otras chicas, unas más jóvenes, otras apenas mayores que yo. Todas con la mirada apagada, el alma temblando. Algunas lloraban en silencio. Me senté en un rincón, los brazos alrededor de las rodillas. No dije nada. No solté mi nombre. No iba a darles ni una pizca de poder sobre mí. Soy Isveth. Princesa del sur. General del ejército. Pero si lo supieran... me usarían como moneda. En la madrugada siguiente, los gritos de los esclavistas nos sacaron del miserable sueño en el que caímos. Nos arrastraron fuera, nos hicieron formar fila. El frío calaba hasta los huesos. Venía del norte, ese viento maldito, seco, cruel, como si tuviera dientes. Yo tiritaba, el cuerpo aún no recuperado del veneno que me había debilitado. Nos metieron en otra carreta, una más grande pero aún peor: parecía una jaula de madera para bestias. Las ruedas crujieron y comenzó el viaje. Largas jornadas por caminos ásperos, montañas, y espesos bosques que se iban tornando más grises, más helados. Las noches eran peores. Dormíamos sobre la tierra dura, sin mantas. Nos daban sobras para comer, si acaso. Una chica murió en el segundo día. Nadie la lloró. Nadie tuvo fuerzas. Los esclavistas la arrojaron por un barranco como si fuera basura. Al quinto día cruzamos la frontera. Lo supe por el paisaje. Y por el frío. Entramos a la capital del Reino del Norte con el amanecer. Era una ciudad gris, con torres de piedra y casas apiñadas. Las calles estaban cubiertas de escarcha, y el aliento se me volvía niebla cada vez que respiraba. Yo, nacida bajo el sol ardiente del sur, sentía que cada paso era una sentencia. Nos llevaron a un almacén sucio y oscuro, con una caldera apagada en la esquina. Allí nos obligaron a desnudarnos. Nos bañaron con agua helada, como si fuéramos ganado. Una de las mujeres gritó y recibió un latigazo. Yo no grité. Pero por dentro, deseé el fin de cada uno de ellos. Después del baño, nos dieron ropa... si se le podía llamar así. Eran prendas diminutas, telas blancas apenas unidas por costuras pobres, que dejaban expuestos nuestros cuerpos. Era humillante. Insoportable. Y al ver las miradas lujuriosas de los esclavistas, comprendí el verdadero destino que nos aguardaba. No éramos sirvientas. No éramos trabajadoras. Éramos mercancía s****l. Carne para placer ajeno. Una chica a mi lado sollozó. Yo no. Yo apreté los dientes, cerré los puños y me repetí quién era. Soy Isveth. Soy hija del fuego, del acero y la corona. Nadie me quiebra. Nadie me somete. Mi hermano vendrá por mí. Y si no lo hace... Entonces yo misma arderé hasta salir de este infierno. Y cuando lo haga, este reino temblará bajo mis pies.
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