Todos salieron de la fundación para darse cuenta de lo que había pasado, Sally, cuando vio que la mujer que estaba tendida en el piso era parte de los recién llegados, salió corriendo hacia ella.
Lo primero que hizo fue a abrazar al pequeño ante la mirada desconcertada de Thomas.
—¿Los conoces? —preguntó nervioso
—Sí señor, llegaron anoche a la fundación, lo que no entiendo es porque Rous salió corriendo, señor ayúdela por favor
—Eso intento, fui un imbécil no quise hacerle esto —Thomas se agachó al piso, corrió un poco el cabello de la cara de Rous, para asegurarse de que siguiera respirando. La sirena de la ambulancia se escuchaba cada vez más cerca, él le tomó la mano y la miró con dulzura, aun sin saber de quien se trataba, pues la sangre cubría su rostro y no le permitió reconocerla de inmediato.
—¡Perdóname! No quise hacerte esto, por favor perdóname, vas a estar mejor.
Rous apenas pudo abrir su boca en un quejido, y susurró unas cuantas palabras.
—Mi hijo, por favor, mi hijo—fue lo único que salió de su boca
—No te preocupes, estara en buenas manos, tranquila—Thomas dejó escapar una lágrima, se sentía tan miserable por desgraciar la vida de la mujer, que solamente deseaba no haber ido ese día a la fundación.
Unos cuantos minutos más tarde, la ambulancia se llevo a Rous, mientras que Thomas la acompaño durante todo el camino, el pequeño se quedó a cargo de Sally, que con el corazon roto no sabía cómo explicarle por lo que su madre estaba atravesando.
Apenas llegaron al hospital, a Rous la internaron de inmediato, dejando a Thomas con la incertidumbre acerca de su salud, por fortuna para él, la policía de inmediato comprobó que se trató de un accidente y solamente lo comprometió a cubrir los gastos, algo que no representaba ningun problema para él, era lo menos que podía hacer por la pobre mujer.
Los días fueron pasando y el estado de Rous era difícil, no despertaba del coma, Thomas no dejaba de visitarla ni un solo día, no solamente porque fue él quien la atropello, sino porque su rostro se le hizo familiar
Con precisión, Thomas reconocía a quién pertenecía ese aroma: Rous Howard, su gran amor universitario. ¡Qué casualidad! Siempre anheló reencontrarse con ella, pero no en semejante situación desgarradora. Aunque su mente se inundaba con innumerables interrogantes, solo quedaba aguardar a que ella recobrara la conciencia para hallar las respuestas.
—¡Solo quedan tres meses, Thomas! ¿Y aún no hemos planificado nada para la boda? ¿Qué estás esperando? — Aranza bufó, arrancándolo de sus pensamientos.
—Lo sé, cariño. Juro que he estado al tanto, pero otros asuntos personales me han ocupado—, respondió Thomas.
—¿Cuáles, Thomas? ¿La mujer a la que atropellaste? Tu abogado se encargará de eso. Dale una suma de dinero y listo. No puedes descuidar más nuestra boda.
Thomas no soportaba a su prometida. Cada palabra que salía de su boca parecía taladrar su cerebro. En ese momento, lo único que le importaba era la recuperación de Rous.
—¡No más, por favor! — gritó Thomas. Sorprendida, Aranza apretó los puños y, antes de lanzar una retahíla de insultos, abandonó la oficina.
Thomas dejó caer su cabeza sobre el escritorio. La impotencia de no poder sacar a Rous de esa cama de hospital lo estaba destrozando. Al levantar la mirada, notó que la luz de su teléfono parpadeaba. Era una llamada entrante.
—¡Hola! — respondió de manera automática.
—Señor Mitchel, estamos llamando del hospital federal. Es para informarle que la señora Rous ha despertado. Si desea venir... — Thomas ni siquiera dejó que la mujer al otro lado de la línea terminara. Tomó su chaqueta y salió corriendo.
Era evidente que quería verla. Sus pasos resonaron rápidamente hasta alcanzar su automóvil. Su corazón latía tan rápido que parecía a punto de salirse de su pecho. En menos de veinte minutos, Thomas llegó al hospital.
Cuando asomó a la ventana de la habitación de Rous, sintió que su cuerpo se estremecía; ella estaba allí, indefensa y gravemente enferma debido a él. Antes de entrar, tuvo que tragar el nudo que apretaba su garganta. La enfermera diviso su reflejo y con un gesto le indicó que entrara. Avergonzado y nervioso, Thomas se acercó. Rous apenas giró los ojos para mirarlo y también palideció. Aunque sus recuerdos eran escasos, ella sabía que él fue quien la atropelló, y la idea de perder su estatus social frente a él la hizo querer desfallecer.
—Hola—, la saludó él dulcemente.
—Hola—, respondió Rose débilmente.
—¿Cómo te sientes? — Thomas no sabía por dónde empezar la conversación, así que optó por la pregunta más simple.
—No lo sé, creo que estoy mejor. ¿Dónde está mi hijo? — Rous estaba preocupada por Elian.
—Él está bien, en la fundación con Sally. Te ha extrañado mucho, pero no me han permitido traerlo a verte. Además... — Thomas bajó la cabeza. —No me pareció conveniente.
—Gracias, Thomas—, lo llamó por su nombre. Ya no tenía sentido ocultar su pobreza. Al fin y al cabo, por escapar de la verdad, él la había atropellado.
—¿Me recuerdas?— preguntó Thomas confundido. Ella le dedicó una tímida sonrisa y asintió con la cabeza.
—Sí, pero casi me matas—añadió sarcástica.
—Fue un accidente, pero me encargaré de que todo se solucione. Te daré una buena indemnización.
—No lo veo necesario, Thomas. Voy a estar bien. — Rous tuvo que desviar la mirada para que él no notara que las lágrimas estaban a punto de brotar. Su situación era caótica, y con todo lo que estaba sucediendo, se avecinaba un período aún más difícil.
—Rous, estabas bien cuando, siendo un idiota, te pasé el coche por encima. Lo correcto es que me permitas redimirme. Además, debo hacerlo; con esa condición, la policía no me llevó a la cárcel.
Rous sonrió y aceptó su ayuda. En ese momento, no tenía más opciones. Tal vez aquel accidente ocurrió para que pudiera mejorar un poco su situación.