—¡¿Mamá?! —grito sorprendida al abrir la puerta de mi apartamento y verla sentada en la sala de estar con Demmi—. ¿Qué estás haciendo aquí? —Gracias a Dios, Margaret —contesta mientras se me acerca con los brazos extendidos. Me da un abrazo fuerte, se separa y lleva sus manos a mi cara, enmarcándola—. Ayer desapareciste. Las chicas estaban preocupadas por ti, así que me llamaron, y como es natural, aquí estoy, asegurándome de que estás a salvo. Pongo los ojos en blanco. Me doy un empujón, o más bien un golpe mental, por no recordar en todo el día llamar a mi madre y evitar precisamente esto. Sabía que aparecería por acá, y con todo lo que ha pasado, lo olvidé por completo. —No era necesario que vinieras —digo reacia—, podrías haberme llamado. —Por supuesto que no. Tenía que verte c

