—Margaret… —Esa voz…—. Hermosa… despierta. —Nooo —gimoteo, porque, aunque adoro su voz, tengo tanto, tantísimo sueño. Me revuelvo entre las sabanas cuando unos largos y agiles dedos me hacen cosquillas. Parpadeo riendo para enfocar a través de la brillante luz del sol, y veo a Daniel sentado a mi lado en la cama, mirándome con una sonrisa ladeada. »Déjame dormir —suplico. —El desayuno está listo —dice, ignorando mi tono lastimero. —No tengo hambre —murmuro, bostezando y abrazándome con fuerza a una almohada. —Margaret… —me reprende, de una forma juguetona, mientras agacha la cabeza para morderme el cuello, y dejar un reguero de besos hasta mi oreja—. Tengo que irme ya, así que escúchame un minuto —murmura, su aliento acariciándome y haciéndome encoger hasta los dedos de los pies.
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