LA PROSTITUTA

1400 Words
La sangre seca huele a metal y a perdición. Eso es lo primero que pienso cuando entro a la habitación 103 del Paraíso Nocturno, el burdel de cinco pisos donde he estado viviendo desde que crucé la frontera mexicana hace tres años, con dieciocho en el acta falsa y veintitrés en los ojos. El cliente está tendido en la cama de sábanas baratas. No sangra. Eso es lo interesante. Su nombre era Roberto. Gerente de banco, anillo de oro, panza de dinero gastado en putas. Llegó hace dos horas pidiendo algo “especial” — eso es cómo dicen cuando quieren violencia con sonrisa. Yo le di lo que pidió. Solo que no de la forma que imaginaba. Ahora está muerto y sus ojos siguen abiertos, como si estuviera sorprendido de que una mujer de metro sesenta pudiera romperle el cuello con tanta… elegancia. No hay signos de lucha. No hay gritos que los vecinos hayan escuchado. Solo la calma perfecta de una ejecución que parece accidente. Me miro en el espejo de la habitación. Mi reflejo es una mujer con el pelo mojado, los labios hinchados de besos violentos, y un cuerpo que sigue siendo mercancía — aunque ahora es mercancía que elige quién la toca. Mis ojos negros no parpadean. —Rezaré por tu alma —murmuro en francés criollo, la lengua que mi abuela me enseñó antes de morir de hambre en Haití. Dios sabe que necesitarás protección donde vas. Luego me lavo las manos en el baño adjunto. El agua tibia lava la testosterona de un hombre que ya no existe. Treinta minutos después, Margarita, la gerenta del burdel, entra a mi cuarto sin tocar. Es una mujer de sesenta años con tatuajes de santería en los brazos y una cicatriz que le cruza la cara — regalo de un hombre que pensó que podía pegarle. Él aprendió diferente. Me mira. No necesita preguntas. —¿Limpio? —pregunta. —Como iglesia el domingo. Ella asiente una sola vez. Luego desaparece. Lo que Margarita no sabe (y yo sí) es que el “accidente” de Roberto será investigado. Un gerente de banco no muere en un burdel sin que alguien haga preguntas. La policía vendrá. Los federales vendrán. Alguien siempre viene. Pero para entonces, yo habré desaparecido. Porque hace tres días, mientras Roberto estaba en el baño mirándose al espejo (admirando su propia mediocridad), encontré su teléfono. Transferí cincuenta mil pesos a mi cuenta. Memoricé sus contactos. Fotografié sus mensajes. Lo que descubrí es que Roberto trabajaba para alguien más grande. Alguien que movía dinero entre México y Colombia. Alguien que, según sus correos, “necesitaba gente de confianza que supiera cómo desaparecer”. Eso era yo. Yo sé cómo desaparecer. Lo que Roberto no supo es que cuando una mujer ha estado en un burdel desde los catorce años en Puerto-Príncipe, aprendes a leer el miedo en un hombre como si fuera su ADN escrito en la frente. Y el miedo de Roberto era un libro abierto: tenía enemigos. Tenía secretos. Tenía todo lo que yo necesitaba. Mi teléfono vibra una hora después. Es un número que no reconozco, pero reconozco el patrón de vibración — tres vibraciones cortas. Código. “Margarita te pasó mi contacto. Trabajo sucio, dinero limpio. ¿Interesada?” Escribo una respuesta simple: “Depende del cliente.” La respuesta llega en segundos: “Te interesará.” Dos horas después, el hombre que entra al café —no al burdel, un café, lo que significa que esto es serio— es más alto de lo que esperaba. Traje de Gucci falso pero bien hecho. Reloj de Rolex genuino. Anillo de matrimonio. Ojos de alguien que ha ordenado muertes y dormido bien después. Se llama Mélo. Mexicano, cuarenta y cinco años, nacido en Monterrey en una familia de narcos. Según Margarita (quien sabe estas cosas), fue sicario, luego distribuidor, luego dinero. Ahora es simplemente poder. Se sienta frente a mí y me observa como si fuera un cuadro en una galería. —Mataste a Roberto. No es una pregunta. —¿Cómo lo sabes? —pregunto, porque es lo que una mujer asustada preguntaría. No estoy asustada. Mélo sonríe. Es una sonrisa que ha funcionado en cien mujeres antes que yo. —Porque Roberto estaba vivo hace tres horas y ahora está muerto, y tú estás aquí bebiendo café como si fuera lunes. Porque Margarita nunca recomienda a nadie a menos que ya haya probado su producto. Y porque —levanta una foto de su teléfono— esto es tu cara en las cámaras de seguridad del hotel entrando a la habitación. Veo la foto. Yo, en un vestido rojo, caminando hacia lo que parece ser una ejecución. Pero en la foto no hay miedo. Solo hay propósito. —¿Qué quieres? —pregunto. Mélo se recuesta en la silla. Toma café. Deliberadamente lento. —Alguien mató a Roberto porque él era un problema. Tú fuiste ese alguien. Eso significa que eres útil. O eres policía. —toma otro sorbo— No eres policía. Los policías tienen miedo en los ojos. —No tengo miedo. —Lo sé. El silencio que sigue es peligroso. —Roberto trabajaba para mí —continúa Mélo—. Era un imbécil, pero era mi imbécil. Alguien lo quería muerto. Tú fuiste el arma. Alguien más fue quien pagó. —¿Y qué? —pregunto, porque es hora de ser directa. Mélo se inclina hacia delante. Sus ojos son grises. Fríos como acero. —Y yo necesito gente que pueda hacer lo que hiciste. Gente que sea tan fría que mate sin temblar. Gente que sea tan lista que desaparezca después. Gente como tú. Siento algo cambiar en mi pecho. No es esperanza. Es reconocimiento. Después de tres años en un burdel en México, después de tres años siendo un número en una libreta, después de tres años sobreviviendo en el inframundo, alguien finalmente me ve. No como una prostituta. Como lo que realmente soy: un arma. —¿Cuál es tu nombre real? —pregunta. —Hermithe. —¿Haitiana? —Haitiana. Mélo asiente, como si acabara de confirmar algo que siempre supo. —Hermithe, tengo una propuesta. Trabajas para mí. No como prostituta. Como operativa. Haces los trabajos que nadie más puede hacer. Ganas dinero que nadie más ganará en diez vidas. Y a cambio… —¿Qué cambio? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta. Siempre hay un cambio. Siempre hay un precio. Mélo sonríe de nuevo, pero esta vez es diferente. Es la sonrisa de un cazador que acaba de encontrar a su presa. —A cambio, me perteneces. Completamente. A mí. A mi imperio. A mis reglas. Eres mía, Hermithe. En público, en privado, en los negocios, en la cama. Mía. Pienso en el burdel. En Roberto. En los miles de hombres que pagaron por mi cuerpo como si fuera una máquina. Pienso en la niña que era en Haití, la que fue violada por sacerdotes, la que fue hambre personificada, la que rezaba a dioses vudú para que le permitieran vivir un día más. Y pienso en Hermithe ahora. Fría. Calculadora. Bella en la forma en que los cuchillos son bellos. —Una condición —digo. —¿Cuál? —Tú no decides si me perteneces a mí también. Yo decido eso. Mélo se ríe. Es una risa genuina, de alguien que acaba de escuchar algo que no esperaba. —Te voy a amar, Hermithe. —No lo hagas —respondo—. Solo usame. Mientras salgo del café con Mélo, mi teléfono vibra de nuevo. Otro número desconocido. Otro mensaje en código: “Vimos lo que hiciste con Roberto. Nos interesa. Oficina federal, piso 12, edificio Reforma. Mañana, 9 AM. Sola. Si no vienes, sacamos a relucir quién eras realmente en Haití. ¿Entendida?” Adjunto hay una foto. Yo, a los catorce años, en Puerto-Príncipe, con un uniforme de colegiala roto y los ojos muertos. Mélo no ve el mensaje. Pero sé exactamente quiénes son. Los federales. La DEA. Alguien que conoce mi pasado. Alguien que está a punto de cambiar mi vida de nuevo. Y mientras camino al lado de Mélo, quien cree que acaba de conquistarme, me doy cuenta de que estoy sonriendo. Porque por primera vez en tres años, tengo opciones. Ahora solo tengo que decidir cuál es la que me matará más lentamente.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD