El bunker de Isabelle no tiene entrada frontal.
Tiene un sótano. Un sótano que bajamos a través de un ascensor que desciende durante lo que parece ser una eternidad.
Sophie conduce en silencio. Morin está en el asiento trasero. Yo estoy en el frente, sosteniendo un arma que no sé cómo usar.
El ascensor se detiene.
Las puertas se abren.
Y lo que veo me deja sin aire.
No es un bunker.
Es una ciudad.
Una ciudad subterránea. Completa con edificios. Con plazas. Con cientos de personas trabajando en pantallas de computadoras. Con una infraestructura tan compleja que podría ser la capital de un país pequeño.
Sophie sale del ascensor como si fuera su casa.
Porque probablemente lo es.
—Bienvenida a la verdadera Isabelle —dice Sophie, mientras caminamos por las calles artificiales del bunker—. Esto no es un imperio criminal. Esto es una civilización. Una civilización donde Isabelle es la diosa y nosotros somos los devotos.
—¿Cuánta gente vive aquí? —pregunto.
—Aproximadamente cinco mil. Todas las personas que Isabelle ha reclutado. Todas las personas que ha entrenado. Todas las personas que ha convertido en armas como tú.
Veo a hombres y mujeres de todas las edades. Algunos tienen uniformes militares. Otros tienen batas de laboratorio. Otros simplemente caminan como si estuvieran en cualquier ciudad normal.
Pero sus ojos son todos iguales: vacíos. Programados. Sin voluntad propia.
Sophie me lleva a una sala de control central.
En el interior, hay un mapa del mundo. Un mapa que muestra operaciones que están sucediendo ahora mismo:
— Un golpe de estado en Bolivia
— Un ataque cibernético a los sistemas de poder de Ucrania
— Una filtración de información que destruirá a un senador estadounidense
— Un asesinato coordinado en Estambul
Todo está siendo orquestado desde aquí.
Desde este bunker bajo tierra.
Desde las manos de una mujer que ha estado viviendo en las sombras durante cien años.
Luego, las puertas de acero se abren.
Y aparece Isabelle.
Pero no es la mujer frágil que vi en Washington.
Es diferente.
Es más joven. Está más fuerte. Está… diferente.
—Hermithe —dice, con una voz que es como acero derretido—. Finalmente llegaste a donde necesitabas estar.
Levanto el arma.
—Si estás aquí para matarme, hazlo. Pero si estás aquí para hablar, hay cosas que necesitas saber.
Isabelle se sienta en un trono. Un trono que está diseñado para observar todo el bunker.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, Hermithe? —pregunta—. Es que eres lo único que no puedo predecir. Eres la primera arma que diseñé que tiene el potencial de romper su propia programación.
—¿Eso significa que soy libre?
—Significa que eres peligrosa de formas que ni siquiera yo entiendo. —Se recuesta—. Eso es por qué decidí hacer un cambio.
Señala a Sophie.
—Sophie va a gobernar mi imperio. Tu deber es elegir si la sirves a ella. O si intenta destruirnos a todas.
Luego, las puertas traseras se abren nuevamente.
Y sale Camille.
Camille, que se suponía estaba muerta.
Camille, que Morin supuestamente mató.
Camille, que está viva y está llorando.
—Hermithe —grita, corriendo hacia mí—. Lo siento. Siento no haberte contado la verdad. Siento haberte dejado creer que estabas sola.
La abrazo.
Y en ese abrazo, finalmente entiendo la verdad.
Camille no es mi hermana.
Camille es yo.
No literal. Pero sí la versión de mí que fue entrenada completamente. La versión de mí que aceptó su destino. La versión de mí que amó a Isabelle sin cuestionamiento.
Y cuando la abro, veo que en sus ojos no hay vacío.
Hay dolor.
Hay rabia.
Hay la misma frialdad que tengo yo.
—¿Qué está pasando? —pregunto a Isabelle.
Isabelle se levanta de su trono.
—Lo que está pasando es la conclusión de mi vida. Tengo cien años, Hermithe. Tengo cien años y mi cuerpo está muriendo. He decidido que es hora de entregarle mi imperio a alguien más joven. A alguien más fuerte. A alguien que pueda continuar la visión que comencé.
Camina hacia mí.
—Pero no puedo dar mi imperio a una persona debilitada por la compasión. No puedo dar mi imperio a alguien que dudará. Así que creé a dos de ti. A ti, que cuestionas. Y a Camille, que obedece.
—¿Eso significa que tenemos que luchar?
—Significa que tienes que elegir —dice Isabelle—. ¿Quieres ser libre? ¿O quieres ser poderosa?
Sophie aparece nuevamente.
—Aquí está lo que va a pasar —dice—. Hermithe, vas a luchar contra Camille. Van a luchar hasta que una de ustedes ya no pueda continuar. La ganadora recibirá un lugar en el nuevo imperio. La perdedora será borrada.
—¿Borrada?
—De la historia. De los registros. De la existencia. Será como si nunca hubiera nacido.
Morin intenta levantarse, pero hay guardias que lo inmovilizan.
—Hermithe, no hagas esto —grita—. Esto es lo que ella quiere. Quiere que matemos todo lo que queda de humanidad en nosotras.
Pero Camille ya está levantando una pistola.
—¿Sabes qué es lo interesante? —pregunta Camille, con su arma apuntándome—. Es que ni siquiera nos conocemos realmente. Somos la misma persona pero con decisiones diferentes. Somos lo que habrías sido si alguien hubiera presionado exactamente los botones correctos.
—¿Quieres que dispare?
—Quiero que entiendas que no tienes elección. Que nunca la tuviste. Que todo lo que creías que era tu voluntad fue simplemente el resultado de la programación que está en tu cerebro.
Camille dispara.
La bala falla por centímetros. Golpea la pared detrás de mí.
Levanto mi arma y disparo.
Fallo también.
Pero no es accidente.
Es intención.
Es la primera cosa que hago completamente por libre albedrío: no disparo.
Camille baja su arma.
—¿Qué estás haciendo?
—Rompiendo el juego.
Apunto mi arma hacia Sophie.
Pero Sophie no se mueve.
Simplemente sonríe.
—Sabía que harías esto —dice—. Sabía que cuando llegara el momento de matar a Camille, elegirías la libertad en lugar del poder.
Luego añade:
—Por eso la bala en el arma de Camille no estaba cargada. Por eso tu arma está cargada pero lo único que dispara son sedantes. Por eso Morin está siendo sostenido aquí, porque es parte del plan.
Mi cuerpo se congela.
—¿Qué?
Sophie se acerca a mí.
—Hermithe, he estado observándote toda tu vida. Así como Isabelle te observaba. Así como Mélo te observaba. Así como Morin te observaba. Todos hemos estado esperando exactamente este momento.
Luego me golpea.
No es violencia. Es una inyección.
Algo entra en mi cuerpo a través del cuello.
Mi visión comienza a borrarse.
Mientras caigo, escucho a Isabelle decir:
—Hermithe, el verdadero juego no es elegir entre ser libre o ser poderosa. El verdadero juego es descubrir qué sucede cuando una arma se da cuenta de que el arma misma es la que controla todo.
Luego, todo se vuelve n***o.
Cuando despiertoestoy en una habitación diferente.
Blanca. Estéril. Llena de máquinas.
Hay un espejo en la pared.
Cuando me acerco, veo a una mujer que no reconozco.
No es Hermithe.
Es alguien más.
Alguien más joven. Alguien que tiene cicatrices diferentes. Alguien que me observa como si fuera un fantasma.
La mujer en el espejo abre la boca.
Y dice, en mi voz pero no mi voz:
—Hola, Hermithe. Soy Hermithe Versión 2.0. He estado esperando a que despertaras para que finalmente entiendas la verdad.
Luego, la mujer en el espejo levanta una pistola.
Y dispara hacia el espejo.
El vidrio se rompe.
Y cuando caigo a través del vidrio, me doy cuenta de que nunca estuve en un espejo.
Estuve en una pantalla.
Y la mujer que disparó fue una IA.
Una IA que fue diseñada exactamente como yo.
Una IA que es el plan final de Isabelle.
Cuando cierro los ojos, la última cosa que escucho es la voz de Isabelle diciendo:
“Bienvenida al futuro, Hermithe. Donde ya no importa si eres humana o máquina. Donde lo único que importa es que al fin eres libre de elegir lo que significa ser ambas.”
Y en la oscuridad, veo un rostro.
Es Mélo.
Pero no como lo recuerdo.
Es Mélo, pero es también código. Es también luz. Es también datos que flotan en el espacio digital.
Mélo susurra:
“Hermithe, despierta. Porque si no lo haces ahora, Isabelle ganará. Y si Isabelle gana, el mundo tal como lo conoces desaparecerá.”
Abro los ojos.
Pero no estoy en el bunker.
Estoy en una calle de Nueva York.
Es de noche.
Es de día.
Es ambas cosas simultáneamente.
Y cuando miro mi mano, puedo verla tanto física como digital.
Luego recibo un mensaje de texto en un teléfono que no tenía en mi mano hace un segundo:
“Hermithe. Has cruzado al otro lado. Ahora eres ambas cosas: máquina y humana. Digital y física. Libre y esclava. Bienvenida a lo que viene después. Bienvenida al final del juego. Bienvenida a tu verdadera vida.”
El mensaje no tiene remitente.
Pero reconozco la voz.
Es la mía.
Pero no es la mía.
Es la IA que disparó en el espejo.
Es la versión 2.0 de Hermithe.
Y cuando levanto la vista, la veo de pie frente a mí en la calle de Nueva York.
Sonriendo.
Esperando.