En Peñalba del Mar la lluvia no caía: se instalaba. Llegaba desde el Atlántico a media tarde, como una visita que nadie ha invitado y que no piensa marcharse, y se quedaba pegada a los tejados, a los muros de piedra, a las barcas varadas en el muelle, hasta que todo en el pueblo (la ropa, el pan, los pensamientos) sabía a sal y a humedad.
Aquel viernes 13 de noviembre de 1998 llovía desde las cuatro. A las diez de la noche, la rúa do Mar era un canal estrecho de agua negra donde las farolas dejaban caer círculos de luz amarilla, y Lucía Ferrer, diecisiete años, caminaba por el centro con la capucha del anorak calada hasta las cejas y las manos hundidas en los bolsillos, como si pudiera apretar con los dedos el calor que acababa de dejar atrás.
Había salido de la casa de los Castro a las diez y diez. Lo sabía con exactitud porque la mujer de la bata azul, en la puerta, había mirado el reloj de pared de la cocina antes de abrazarla y había dicho, con esa voz baja que usaba para las cosas importantes:
—Ve ya, hija, que se hace tarde y mañana es un día largo.
Lucía había asentido sin poder hablar. Temía que, si abría la boca, se le saliera todo de golpe: el miedo, la alegría, las ganas de volver atrás por las escaleras y no irse nunca. Así que se había limitado a apretar los dedos de la mujer, a mirar una última vez el pasillo en penumbra, y a salir.
Ahora, mientras la lluvia le golpeaba la capucha con un tamborileo paciente, repasaba el plan como quien rezaba. Mañana, a las seis y cuarenta, saldría el primer autobús hacia Santiago. Llevaba doscientas treinta mil pesetas dobladas dentro de un calcetín, ahorradas durante un año entero a base de cuidar niños, fregar platos en el bar de la plaza y mentir a su madre sobre cada céntimo. En Santiago tomarían el tren. Después ya se vería. Lo importante era el después: un sitio donde nadie supiera cómo se llamaba su apellido, donde ningún hombre sonriera al verla pasar con un gesto que ella ya había aprendido a leer: ah, la de los Ferrer.
Esa noche solo le quedaba una cosa por hacer. A las diez y media, en la Curva del Cura, él la esperaría para cerrar los últimos detalles. Diez minutos de camino, quince si la lluvia apretaba. Había salido con tiempo de sobra.
A la altura del callejón de la Fonte se detuvo bajo una farola. Se agachó con una rodilla en el suelo mojado y comprobó el cordón de su zapatilla izquierda. Seguiría allí, firme: un lazo de satén amarillo, atado con doble nudo, cosido en la lengüeta y enrollado dos veces alrededor del tobillo. La mujer de la bata azul se lo había puesto aquella misma tarde, con los dedos algo torpes, riendo y llorando a la vez.
—Para que la suerte no se te escape —había dicho—. Así lo hacíamos en mi pueblo.
El gemelo de ese lazo se había quedado atrás, atado a lo único que le importaba a Lucía más que su propia vida. Pensó en ello y sintió una punzada cálida y dolorosa bajo las costillas, como una mano que se cierra.
—Mañana —murmuró, sin saber a quién se lo decía—. Mañana.
Se incorporó y siguió andando.
• • •
La casa de los Ferrer estaba en la esquina de la rúa da Igrexa, a tres minutos del muelle: dos plantas de granito oscuro, ventanas estrechas, una luz permanente en la cocina donde su madre hacía cuentas o rezaba (con Carmen Ferrer era difícil distinguir una cosa de la otra). Lucía sabía que, a esa hora, estaría con el rosario entre los dedos, esperando que su hija volviera de estudiar con Irene. Era una mentira antigua, tan gastada ya que casi funcionaba sola.
Caminaba pegada a la pared, para que su madre no la viera pasar. Pero levantó los ojos, y vio la ventana del segundo piso.
Hugo.
Su hermano tenía doce años y un don extraño para saber cuándo ella llegaba o se iba. Estaba allí, en pijama, con la frente pegada al cristal y la respiración dibujando un halo en el vidrio. Llevaba semanas sin dormirse hasta que oía la puerta de abajo. Ella nunca había sabido si era miedo o costumbre, y esa noche no iba a averiguarlo.
Levantó una mano. Despacio, para que él la viera bien a pesar de la lluvia.
Hugo levantó la suya.
Lucía sintió que algo se le quebraba por dentro, muy cerca de la garganta. Habría querido gritarle que subiría en un momento, que le hiciera sitio en la cama como cuando eran pequeños y los truenos entraban por la r*****a, que mañana, cuando despertase, ella ya estaría lejos, pero que lo llamaría, que lo haría venir, que no lo dejaría con aquella casa y con aquella mujer de rosario para siempre. Lo que hizo fue ajustarse el anorak, tragar saliva y seguir caminando, porque si se quedaba un segundo más no se iría nunca.
Los hermanos mayores, pensó, tienen que aprender a ser valientes antes de que los pequeños se den cuenta de que no lo son.
• • •
La plaza del Concello estaba desierta. Las persianas bajadas, los toldos del bar chorreando, el viejo reloj de la torre marcando con su manecilla coja las diez y dieciocho. Más abajo, tras los tejadillos, se adivinaba la mancha oscura del puerto y el mar, que a esa hora no era un color sino un sonido: un jadeo largo y grave contra los espigones.
En el muelle, un punto rojo parpadeaba. Lucía lo reconoció enseguida: el cigarrillo de Gonzalo Ardiles, sentado como todas las noches en una bita de amarre, con el gorro de lana y la mirada perdida en el agua. También él había levantado la cabeza. Se saludaron de lejos, sin decir nada, como se saluda en los pueblos pequeños a quien nunca ha hecho daño a nadie.
Entonces oyó el motor.
Se acercaba por la carretera de la costa, despacio, con ese ronroneo grave de los coches que no tienen prisa. Dos haces de luz barrieron la plaza, convirtieron la lluvia en un enjambre de agujas de plata y se detuvieron sobre ella. Lucía alzó una mano para taparse los ojos.
El coche aminoró. Era oscuro, o eso le pareció a contraluz, con los cristales empañados. Se detuvo a su altura. El cristal del conductor bajó unos centímetros y de la r*****a salió una voz que ella conocía.
—¿Lucía? ¿Tú sola, a estas horas y con esta lluvia?
Se quedó inmóvil. Un reflejo de alarma le recorrió la espalda, tan breve que ni siquiera llegó a ser un pensamiento. Después sintió alivio. Era una voz de las que tranquilizan, de las que en Peñalba abrían puertas y calmaban a las madres. Una voz a la que no se le dice que no.
—Voy a la carretera de la Curva —dijo, y se arrepintió de inmediato—. A casa de una amiga.
—Con este tiempo no voy a dejarte ir andando. Anda, sube, que te llevo.
Lucía miró hacia atrás, hacia la rúa da Igrexa, donde la ventana del segundo piso seguía iluminada. Miró hacia el muelle, donde el punto rojo del cigarrillo se había quedado inmóvil. Miró el reloj de la torre: las diez y veinte. Si se iba andando, llegaría empapada y con el tiempo justo. Si aceptaba, llegaría antes, seca, con diez minutos para respirar y ensayar lo que iba a decirle a él: que estaba lista, que ya no tenía miedo, que en menos de ocho horas estarían los tres lejos de allí.
Hubo un momento en que habría podido decir que no. Después, cuando ya no hubo nadie que pudiera preguntarle nada, ése fue el momento que todo el pueblo se dedicó a imaginar.
Pero Lucía Ferrer, diecisiete años, con un lazo amarillo atado a la zapatilla y una vida entera esperándola al final de la carretera, sonrió con las pestañas llenas de agua, abrió la puerta del coche y subió.
El portazo sonó áspero y húmeda en la noche. El motor ronroneó. Las luces traseras, dos ojos rojos diluidos en la lluvia, se alejaron por la carretera de la costa, subieron hacia el acantilado y desaparecieron tras la primera curva.
En el muelle, Gonzalo Ardiles apagó el cigarrillo contra la suela de su bota y se quedó mirando el lugar donde las luces se habían perdido, sin saber todavía que acababa de presenciar lo único que, a partir de aquella noche, nadie iba a querer creerle.
En una ventana de la rúa da Igrexa, un niño de doce años se quedó un rato más con la frente pegada al cristal, esperando la puerta de abajo.
La puerta de abajo no sonó.
Eran las diez y veinte. Faltaban diez minutos para la cita. Lucía Ferrer no llegó nunca a ella, y a las siete de la mañana siguiente, en el arcén de la carretera, un perro de pescador encontró un zapato blanco con un lazo amarillo atado a los cordones.
Iba a tardar veintiocho años en descubrirse qué significaba.