SHEILA —Alberto sigue encerrado en su habitación. —Aunque lo entiendo, ya lleva mucho ahogado en su pena. Tú eres su hermana, Sheila, debes hacerlos entrar en razón, no se puede quedar a llorar por siempre. —Eso lo sé, Renata; lo que sucede es que cada quien tiene diferentes modos de llevar su pena. —¿Y ya sabe la madre y el hermano de Alberto, la tragedia? —Por supuesto, ya los trajeron del centro de reposo; también están esperando a que salga. —En ese caso yo no puedo esperar más, voy a entrar—, Renata apartó a Sheila y se preparó para derribar la gruesa puerta de ébano. —¿Qué sucede? —Alberto salió de la habitación y Renata chocó contra su pecho. Ella se despegó del ídolo y dijo: —Su aroma me llena de calor, es como si nadara en lava, pero necesitamos concentrarnos en lo importan

