Regresar a Nueva York era realmente confortante. Londres era sin duda una ciudad hermosa, pero amaba a Nueva York. Luego de aterrizar, insistí en acompañar a Bryan y a James a la agencia, aunque ellos me pidieron que descansara y visitara un médico para revisar mis heridas. Pero yo las veía bien, estaban sanando rápido y con un cicatrizante no iba a suceder nada. Y si sucedía algo, no era nada que la estética no pudiera resolver. –Malas noticias, jefe –informó Travis Stoll, un Agente Internacional–. Los senadores del congreso que usted mencionó en la última reunión como los posibles aliados de Hamilton, en realidad están aliados con Hamilton. –¡¿Qué?! –Chilló James. Luego tomó una respiración, tomó los papeles y se dirigió a su oficina como alma que lleva el diablo. A Bryan lo detuvo una

