Capítulo 6

3163 Words
Paris, 1785 —Merci, Lilly. Puedes ir a casa ahora. Amelie y yo nos haremos cargo del trabajo restante. Sonreí, agradecida con Marie, la dueña del refugio para necesitados en el que estaba trabajando. Las cosas se habían salido de nuestras manos después de que el imperio de Bonaparte fuera establecido en Francia. Las personas aún se estaban ajustando rápido a los nuevos cambios después del fin Revolución Francesa y de que Napoleón tomara el control de las manos del Rey. La monarquía era una bonita comodidad, pero como fue tan justamente probado los últimos años, era más bien inútil. Marie y Amelie; nuestra favorita chica francesa, eran las almas amables que hacían lo mejor que podían para ayudar a aquellos que lo necesitaban. Era una causa maravillosa y yo estaba más que bendecida por haber sido capaz de ser parte de ella en todas las formas posibles. —Esta bien, Marie. Puedo quedarme un poco más y ayudar —dije, sintiendo injusto el irme con todo el trabajo que aún quedaba por hacer. Marie me ofreció una sonrisa que me decía que veía más allá de mis palabras. —Estás exhausta, Lilly. Además, ya has hecho suficiente. Vete a casa y descansa. Es una orden. El tono autoritativo en la voz de Marie no dejaba mucho espacio para discusión. Pocas personas lograban reusarse a una orden suya, pues ella podía actuar como una muy temible supervisora a veces. Aun así, ella era del tipo de mujer que irradiaba amor y sentimientos maternos. Si estos fueran otros tiempos, donde las mujeres fueran consideradas como iguales y no solo objetos destinadas a complacer, la autoridad de Marie valdría para reinar un país. Tenía que admitir que tenía razón. Estaba cansada, pero mi cansancio no era debido al trabajo en el refugio. Al menos, no solo a eso. Apenas había logrado dormir las pasadas noches, aterrorizada de que si cerraba mis ojos alguien me haría daño. Era un miedo tonto, pero no podía evitar sentir la sensación de ser cazada. Perseguida como una débil y vulnerable presa. Con un suspiro renuente, decidí dejar de ser tan testaruda por un rato y escuchar el concejo de Marie e ir a casa. No había nada importante que necesitara de mi atención en el refugio y las dos señoritas francesas podían encargarse de lo que restaba por hacer perfectamente. Tomé mis pertenencias y les di unos besos rápidos a Marie y Amelie en las mejillas antes de salir a la calle. Paris era hermoso en el verano. Amaba caminar por sus calles, siempre rodeada por parisinos que disfrutaban del romance que llenaba la atmosfera, caminando bajo la suave luz de la luna. Días como estos, con las calles atestadas de gente, me recordaban a mi tiempo en Londres y a todas la buenas y malas memorias que venían con él. Aun así, estaba feliz que la sofocante temporada estaba llegando a su fin. Muy pronto tendría el frío de la briza rodeándome, abrazando mi cuerpo con sus brazos pálidos. Así como me gustaba; frío y blanco, ambos lograban que las malas memorias desaparecieran y que mis imperdonables pecados quedaran en el olvido, aunque solo fuera por unos momentos. Caminé alrededor de la ciudad un poco más antes de ir a casa, odiando la idea de pasar otra noche solitaria en ese lugar. Ya habían pasado seis meses desde la última vez que había visto a Miguel, el anhelo por su presencia era casi intolerable. Seis meses era mucho tiempo considerando que él nunca se había apartado de mi lado desde esa noche en Londres. Miguel actuaba como mi guardián, mi protector, porque cualquier otro ángel sería demasiado débil para protegerme. Sabía que lo hacía para evitar la profecía y mantener el mundo a salvo, pero, aun así, mi mente y mi corazón no podían evitar hacerse ilusiones y anhelar tenerlo a mi lado. Cuando arribamos a París, Miguel me dijo que tenía que estar ausente por un tiempo. Había asuntos inmediatos que requerían de su atención y no podían esperar. Él dijo que estaría a salvo. Su presencia era aún muy fuerte en mí, haciendo imposible que me rastrearan. Pero un tiempo se convirtió en semanas y las semanas en meses. A veces yacía despierta en las noches, preguntándome si él regresaría algún día, si estaba sola otra vez, y, tal vez, lo estaba. Miguel nunca había estado ausente por más de un par semanas antes. Puede que ya no era importante para nadie ya. Tal vez, ellos se dieron cuenta que yo no era de quién hablaban en la profecía. Ya no tenía ningún tipo de valor. Y después, gruñía y me maldecía a mí misma por ser tan patética cada maldita vez. Tenía que haber una razón para la ausencia de Miguel e incluso si no había una, yo podía sobrevivir sin él a mi lado. O, puede que no podía después de todo, ya que unos pocos meses sin él me habían vuelto un desastre de confusas emociones. Un escalofrío recorrió mi espina cuando la fuerza de una presencia oscura avasalló mis sentidos, y forcé a mis pies a caminar más rápido. Lo estaba sintiendo otra vez, esa sensación. La necesidad de correr como un ciervo siendo casado por un león. Puede que solo estuviera paranoica, pero no podía evitarlo. Tomé una respiración profunda, obligando a mis rápidos latidos a bajar su errático paso. El ensordecedor sonido contra mis costillas hacía que mi cabeza se sintiera mareada. Me había estado sintiendo así por unas semanas, pero los últimos días habían sido peores. Todo se sentía magnificado. El miedo. Las extrañas sensaciones. Era como si estuviera más… cerca. Un suspiro de alivio escapó de mis labios cuando alcancé la seguridad de mi solitario hogar, incluso si ya no me sentía realmente a salvo en él. La sensación de ser cazada no desaparecía; nunca lo hacía, solo cesaba en intensidad. Aunque mi miedo podía esperar a la mañana porque en esos momentos, estaba demasiado exhausta para importarme. Subí las escaleras hacia mi alcoba, encendiendo una vela para iluminar la oscura habitación. Cambié mi ropa por mi camisola y colapsé en mi suave cama. Yací despierta mirando al techo mientras que mis latidos bajaban de intensidad y mi miedo se disipaba lentamente, dejando solo a mí y a mi confundida mente detrás. Si solo el sueño me encontrara. Yací ahí como todas las noches, pensando, analizando y extrañándole. Una lágrima solitaria se escapó de mis ojos y yo la limpie con la palma de mi mano. Este no era el momento para tenerme lástima a mí misma. Había sobrevivido miles de años sin Miguel y podía sobrevivir miles más. No permitiría que las circunstancias me convirtieran en la misma mujer patética que era al principio. Con un profundo suspiro, abracé mi almohada con más fuerza y dejé que el sueño se llevara mi mente a un lugar lejano, repitiendo una y otra vez en mi cabeza como lo hacía cada noche que, tal vez, mañana, cuando abriera mis ojos otra vez, él estaría aquí. *** Miré a mi alrededor aterrorizada, intentando traer aire a mis pulmones mientras que mis pisadas tocaban la arena erráticamente. No sabía cuánto tiempo había estado corriendo, pero mis pies dolían cada vez que tocaban el suelo bajo ellos. —No pares. Si corres, él no te atrapará. No pares —repetí en mi cabeza sin parar como un mantra sin atreverme a mirar detrás de mí para así ver quién me perseguía, por si lo hacía, él me vería también. —Sigue corriendo. Él no te atrapará. No le mires a los ojos. Nunca le mires a los ojos. Mis piernas estaban empezando a fallar, mi cuerpo se movía más lento, pero tenía que seguir corriendo. De repente, el suelo bajo mis pies se desvaneció y yo comencé a caer, lanzada a las llamas una vez más. El olor a piel quemada llenó mis sentidos y grito tras grito comenzó a dejar mi boca, haciendo que mis oídos sufrieran bajo el horrífico sonido. La peor parte de la oscuridad que rodeaba a las llamas era que no podía ver, pero podía sentir y lo sentía todo tan profundo, tan perfectamente profundo, que era devastador. El dolor. La agonía. —Mi pobre Lilith. Mi hermosa dama. No importa cuánto tiempo corras, cuán lejos vayas, yo siempre te atraparé —habló una voz profunda y oscura. —¡No! El grito ahogado que dejó mis labios hizo eco en la silenciosa habitación, rebotando en las paredes. Abrí mis ojos y me encontré de vuelta en mi alcoba y a salvo. A salvo por ahora. —Fue solo una pesadilla —susurré para mí misma porque tal vez, si lo decía en voz alta, el miedo oprimiendo mi corazón desaparecería. Las pesadillas eran cada vez peor ahora que Miguel no estaba, pero estas tenían un nuevo elemento en ellas que no estaba ahí antes: la caza. *** —¿Querida, estás bien? Estás algo pálida esta mañana. ¿Quieres que te haga un poco de té? —preguntó Amalie con una profunda preocupación en su voz. Amelie era la mujer más dulce que había conocido y no podía evitar adorarla. Ella siempre sentía la necesidad de ayudar a las personas, de mantenerlas a salvo, pero, tristemente, no todos se merecían su cariño y preocupación. Amelie era hermosa y gentil. Ella era joven e ingenua y demasiado inocente para el mundo cruel en el que estaba viviendo. —No, Amelie. Estaré bien, gracias. Lo prometo. Solo no dormí bien anoche —le respondí con una sonrisa, intentando apaciguar la preocupación en sus ojos. —¿Otra pesadilla? —preguntó Marie cuando apareció a mi lado con una taza de té caliente en sus manos, regalándome una de sus particulares sonrisas conocedoras antes de entregarme el té. —Gracias —murmuré, pero no respondí a su pregunta. No tenía que hacerlo, ella ya sabía la respuesta. Estos últimos meses habían sido agobiantes. Podía sentir un ataque de pánico amenazando con salir a la superficie cada vez que los cosas se volvía demasiado fuertes para mí, pero yo no dejaría que el miedo me sometiera. En vez, hice lo que siempre hacía cuando ya no podía más, que era enterrar mis sentimientos bien adentro y sellarlos en una caja donde nadie los pudiera alcanzar. Concentrarme en el trabajo era mucho más fácil que enfrentar mis emociones. El día pasó más rápido de lo que me hubiera gustado. Pasamos la mañana atendiendo a una nueva familia que buscó ayuda en el refugio; una madre con dos niños pequeños y sin comida que poner en la mesa. Era un crimen para algunos tener tanto mientras que otros tenían tan poco, teniendo que vivir el día a día con apenas pequeñas raciones de comida para alimentar a sus hijos. La tarde pasó con más rapidez mientras comprábamos comida, ropa, y otras necesidades. Haciendo lo mejor que podíamos para acomodar la nueva familia. Después de una larga plática con la madre explicándole que encontraríamos una manera para que ella pudiera proveer a sus hijos, decidí terminar mi labor en el refugio por el resto del día, y decirle adiós a Marie y Amalie antes de tomar mis pertenencias e ir a casa. Calma y contentura me acompañaron en mi camino a casa. La presencia oscura que hacía semanas nublaba mis horas no era nada más que una sensación lejana y mi cuerpo sentía que por fin podía descansar esta vez. Cuando mis pies tocaron finalmente el vestíbulo de mi hogar, un suspiro de alivio escapó mí, una vez más, gastado cuerpo. Estaba exhausta más allá del reparo y todo lo que quería hacer era ir a la cama y dormir hasta que mi cansancio desapareciera. Me dirigí hacia mi habitación, subiendo las escales una a una de forma automática sin siquiera prestar atención a donde caminaba. Todo lo que me importaba en ese momento era tomar un baño para así borrar la suciedad de un pesado día de trabajo de mí y relajarme lo suficiente como para lograr dormir. Estas constantes noches sin descanso estaban gastando mi cuerpo y mente poco a poco. Lo podía sentir en mis huesos, y en mi alma. Abrí distraídamente la puerta de mi habitación solo para encontrarme a mí misma petrificada en el lugar de repente, incapaz de apartar mi mirada de la malvada sonrisa y ojos rojos que estaban fijados en mí. Tanía que moverme. Tenía que correr. Di un paso hacia atrás, saliendo de la habitación, y el demonio imitó mis movimientos lentamente. Como un cazador a su presa, él me asechó paso por paso. Cuando mi espalda golpeó la pared del pasillo, me di la vuelta y corrí. Corrí por mi vida, pero también corrí por el infierno que sufriría si me quedaba allí. Tal vez si lograba dejar la casa e irme lejos de aquí, cerca de la multitud, podía estar a salvo. Los demonios, al igual que los ángeles, no debían ser visto por los humanos. Debería haber sabido mejor. Si Lucifer me quería, él me tendría sin importar quién viera. Justo cuando estaba a punto de alcanzar las escaleras, una mano fuerte alcanzó y atrapó mi cabello, lanzando mi cuerpo hacia atrás. —¿No sabes que correr es inútil, Lilith? No puedes huir. No importa cuánto corras, él siempre te encontrará —susurró la bestia diabólica en mi oído, sus repugnantes labios rozando mi piel en el proceso. De repente, el demonio dejó ir mi cabello, empujándome hacia el frente. Mi cuerpo perdió el balance y mi cabeza golpeó fuertemente un escalón cuando comencé a caer, rodando hasta que quedé laxa el suelo del fondo de las escaleras. El sabor a sangre llenó mi boca, mi visión se volvió borrosa, mi cabeza latía y me cuerpo dolía por todos lados. Estos eran esos momentos donde deseaba poder morir, solo ser otra humano más en la multitud. Callosas manos redondearon mis antebrazos y el Demonio me alzó del suelo, arrastrándome unos centímetros hasta dejarme caer nuevamente sobre la dura madera. Arqueé mi espalda, abrumada por el dolor. Dolía tanto, mi cuerpo estaba abatido y esta vez era real. No había sueño del que despertarse. El demonio bajo su cuerpo sobre el mío, atrapándome con sus rodillas en cada lado de mis caderas. Intenté aclarar mi visión, pero la sangre que emanaba del corte en mi cabeza me hacía sentir mareada y nauseosa. Un objeto afilado y frío empezó a moverse sobre mi cuerpo, acariciando tentativamente mi estómago y recorriendo el camino hacia mi corazón. La cortante sensación de una cuchilla afilada atravesando mi piel por encima de mi vestido me hizo abrir mis ojos y enfrentar a mi perdición con ojos de color rojo sangre mientras que un suave grito de agonía se escapaba de mis labios. Su sonrisa malvada causó que un miedo indomable cursara a través de mis huesos rotos mientras que el demonio movía el cuchillo de plata hasta apretarlo contra la piel de mi cuello. —El Amo te envía un mensaje. Deberías saber que solo él puede hacer que el dolor desaparezca. Él te quiere, Lilith. Eres suya para tomar, y el dolor será tu eterno acompañante mientras que niegues tu destino. Ríndete a él y no sufrirás. La voz ronca y el denso y frío aliento del demonio hacían de mi nauseas casi insoportables. —No me importa lo que diga tu amo, él nunca me tendrá. Ve y dile eso —logré escupir mis palabras con la voz ahogada por el dolor. Un brillo travieso llenó los ojos del Demonio, haciendo de su ya cruel rostro una imagen terrorífica, pero, aun así, ya no estaba asustada. Sabía que él no terminaría mi vida. Lo podía ver claramente en la impaciencia de su mirada; como un niño que quería jugar, pero sabía que no estaba permitido. Me haría sufrir, gritar en agonía; de eso estaba segura. Me haría rogar por mi vida, pero aun así no terminaría mi sufrimiento. Y, había decidido en ese momento, que tampoco me vencería. Nunca me iba a entregar a él. Cerré mis ojos, preparando a mi mente y a mi alma para lo que estaba por venir. Una calma profunda se refugió en mí, haciendo de mis erráticos latidos un ritmo pacífico y controlado. Sin importar que pasaría hoy, no dejaría que me rompiera, solo torcerme lo suficiente como para hacerme más fuerte. En un segundo el peso del Demonio fue levantado de mí y yo respiré profundo por primera vez en minutos, dejando que el tan necesitado aire entrara a mis pulmones. Mi vértigo se estaba volviendo insoportable y los latidos en mi cabeza solo aumentaban en intensidad, pero aún estaba viva. Mi cabeza parecía estar bajo agua, ahogando todo sonido a mi alrededor. Brazos fuertes acunaron mi cuerpo con gentileza contra un pecho firme, levantándome del frío suelo. El familiar calor y aroma que había anhelado tanto estos últimos meses me envolvieron, levantando una pared de salvación alrededor de mi alma destrozada. Intenté abrir mis ojos, pero mi cerebro no parecía escuchar mis comandos. Mi cuerpo golpeó una superficie suave y manos gentiles acariciaron mi rostro. Gemí y no por el dolor moviéndose por mi cuerpo sino porque la agonía y el anhelo en mi alma hacían que mi corazón se desesperara. Lo necesitaba tanto que dolía. —Lilly. Abre tus ojos. Mírame —susurró Miguel, su suave orden fue el empujón final que necesitaba mi cuerpo para reaccionar. Abrí mis ojos lentamente, ajustando mi nublada visión para mirarle a la cara. —Necesito que me digas donde duele. Lágrimas silenciosas comenzaron a correr por mis mejillas sin poder detenerlas. Lo había necesitado tanto. Los ojos de Miguel se oscurecieron en ira y remordimiento y mi alma se retorció ante el tormento en ellos. «Oh, Miguel. Tal vez tú me necesitaste también» —Asiente con tu cabeza si puedes escucharme —instruyó Miguel y yo hice lo que me pidió. El dolor agudizado que siguió el movimiento causó que cerrara los ojos por unos segundos con un gemido. Dios. Todo dolía tanto. Miguel continuó acariciando mi rostro con la yema de sus dedos gentilmente, susurrando palabras tranquilizadoras en mi oído. —Necesito que me digas donde te duele, Lilly. Habla conmigo. —En todas partes —gruñí mi ronca respuesta. —Shhh. Todo estará bien. Nadie te hará daño otra vez. Lo siento tanto, mi ángel. Mi corazón se encogió en mi pecho. Mi ángel. Él nunca me había llamado así antes. Su voz estaba tan apenada, tan llena de culpa, que me rompía el corazón escucharle. Quería decirle que no era su culpa. Quería consolarle y borrar su pena, pero no pude, porque los sollozos que rasgaron mi alma no permitieron que las palabras dejaran mis labios. Lloré y lloré hasta que no quedó más fuerza en mí. Hasta quedar dormida en los brazos de Miguel.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD