El regreso a la hacienda fue un despliegue de furia contenida. Máximo no soltó el cuello de Zoe en todo el camino; sus nudillos estaban blancos de tanto apretar. Al llegar, la seguridad se había triplicado. Hombres con ametralladoras pesadas se apostaban en las murallas como gárgolas de acero. Máximo arrastró a Zoe fuera de la camioneta. Ella apenas podía caminar, sus piernas temblaban y el saco de Máximo, manchado de sangre, apenas cubría su desnudez bajo el vestido desgarrado. —Iván, reúne a los cincuenta mejores. Quiero granadas, lanzallamas y suficiente munición para borrar ese barrio del mapa —ordenó Máximo, su voz era un trueno gélido—. Si los Zetas creen que pueden disparar donde yo compro, van a aprender que el infierno no tiene espacio para tantos nuevos inquilinos. —¿Y el tí

