(Narrado por Zoe) El almacén 4 olía a gasóleo rancio y a la humedad persistente del lago Lemán. Las luces fluorescentes parpadeaban en el techo alto, proyectando sombras alargadas sobre las cajas de madera apiladas. En el centro de la nave, atado a una silla de metal atornillada al suelo, estaba el hombre de la isla. Ya no vestía el equipo táctico impecable con el que profanó nuestras ruinas; ahora llevaba una camisa blanca empapada de sudor y sangre, y su rostro era un mapa de hematomas que Iván se había encargado de dibujar con precisión profesional. Caminé hacia él con el collar de perlas enrollado en mi puño, dejando que las cuentas chocaran entre sí con un sonido seco, rítmico. Máximo se quedó a unos pasos de distancia, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, observando l

