El eco del último disparo en la frontera aún vibraba en mis oídos cuando el cielo se llenó de luces azules y rojas. No eran los Vargas. No eran los Diablos del Norte. Era el rugido de las hélices de la Interpol y las fuerzas especiales federales. Habíamos hecho demasiado ruido; la masacre del General fue el clavo final en nuestro ataúd de impunidad. —¡Zoe, al helicóptero! ¡Corre! —grité, empujándola hacia la salida trasera mientras el humo de las granadas lacrimógenas inundaba el búnker. —¡No te voy a dejar, Máximo! —chilló ella, con el fusil aún caliente en la mano, sus ojos desencajados por la adrenalina y el miedo. —¡Vete! ¡Cuida al niño! ¡Si me atrapan a mí, tienen al pez gordo, pero si te atrapan a ti, se acaba todo! —La agarré de la nuca y le di un beso que sabía a despedida, a

