(Narrado por Zoe) El pomo de la puerta del motel giró con una lentitud que me pareció eterna. El chirrido del metal oxidado cortó el aire viciado de la habitación, y en ese instante, sentí que el tiempo se congelaba. Estaba en el suelo, con mi hijo apretado contra mi pecho, sintiendo el calor de su cuerpo pequeño y frágil contra el frío acero de la pistola que sostenía con la otra mano. Mi respiración era corta, superficial; temía que el más mínimo sonido delatara mi posición exacta tras la madera astillada de la puerta. —¿Quién es? —mi voz fue apenas un hilo de aire, cargada de un pavor que no había sentido ni siquiera cuando estuve frente a frente con los Vargas en el bosque. Porque en aquel entonces, Máximo estaba cerca. Ahora, el silencio era mi única compañía, y el silencio no ti

