ISRAEL Miré al asqueroso de Serguéi y luego a la daga en mi mano, sonreí al jugar con él, pues hoy me voy a desquitar con él, la frustración que tengo al no estar con mi garrapatita por estar en esta maldita montaña escondiéndose con él. Decidí no quitarle la mordaza, pues no quería escuchar sus gritos, no tengo ganas de eso, lo único que quiero ver ahora es sangre. Tomé la daga en mi mano y cencerro a cortar desde su cara hasta su estómago. Él se retorcía y quería gritar, pero no podía moverse. —Sabes que hay espacios en tu abdomen donde pueden apuñalar sin morir. Aquí, por ejemplo, —enterré la daga y Serguéi grito, aunque no se escuchó nada, pues su boca está amordazada, por lo que apenas escucho sus quejas. Saque la daga y la sangre comenzó a salir. El rojo de la sangre es hermoso

