Había pasado dos días ignorando al mundo entero, me quedé en la cama y no fui a clase. Era la primera vez que faltaba, pero estaba tan destrozada, tan saturada que no podía con el mundo, no me podía enfrentar al mundo. Había tenido tantas relaciones humanas en tres días, que no podía más con mi cuerpo, me dolía cada centímetro de mi cuerpo, desde mi pelo hasta las uñas. Me di la vuelta y me puse de lado, abrazando la almohada con fuerza. En casa siempre ponía un cartel para que no me molestara, un cartel para que nadie entrara, pero aquí solo podía cerrar la puerta, y esperar a que Laima no me molestara, había calculado muy bien a las horas que se iba, y bueno, que fuera tan ruidosa me ayudaba, y cuando sabía que se iba. Salía a comer. No me apetecía para nada tener una conversación

