En ese mismo instante en la tierra: —Mira este libro, Miranda. Me gustaba mucho cuando era un niño, ¿quieres que lo lea? —pregunta Leo, viendo a la pelinegra asentir con la cabeza. Eran aproximadamente las siete de la noche, y Leo en ese momento se encontraba en la habitación de Miranda, porque aunque ya habían terminado las clases, a él se le ocurrió que sería buena idea que la pelinegra comenzara a leer poco a poco, porque aunque tenía quizás unas cuarenta y ocho horas enseñándole los conocimientos básicos de la escritura y lectura, la joven en tan solo dos días ya podía leer medianamente bien, y su escritura era parecida a la de un niño en etapa inicial, pero era normal, puesto que él sabía que en un mes o máximo dos, Miranda sería toda una experta en el lenguaje que él le enseñaba.

