—¿Es… cierto?— preguntó en un murmullo. —Es la verdad absoluta. Muy gentilmente, él la tomó de la barbilla y la obligó a levantar el rostro hacia él. La humedad de las lágrimas temblaba aún en las largas pestañas de Marisa y sus ojos, que se veían muy grandes en su rostro diminuto, lo miraron interrogantes. Como si él comprendiera, dijo suavemente: —Te amo. Sus labios, lentamente, se posaron en los de ella. La besó dulcemente, como si temiera lastimarla, pero un instante después su boca se hizo exigente, posesiva, haciéndola temblar entre sus brazos y entregarle el alma entera. La habitación pareció dar vuelta en torna ellos y el mundo desapareció para los dos. Ya no había más horrores, ni más problemas ni infelicidad. La Tierra era un sitio mágico, donde se encontraban solos y ju

