ALESSANDRO Faby se acurrucó sobre mi pecho, con sus deditos pequeños jugando con los botones de mi camisa. Estábamos en la terraza de la casa, bajo la luz cálida, con una cobija cubriéndonos. Acababa de contarle un cuento tonto sobre dragones, pero no se dormía. Tenía esa mirada despierta, curiosa, como si supiera que algo no estaba bien en mí. —¿Me cuentas otro? —susurró, con voz adormilada. Respiré hondo. Le acaricié el cabello suave. —¿Quieres uno especial? —Sí. —Está bien… —cerré los ojos un momento—. Había una vez, en un reino muy lejano, una princesa llamada Jelena. —¿Jelena? —repitió ella, sonriendo—. ¿Como Elena? Mi pecho se apretó un poco. No respondí. —¿Y cómo era Jelena? —insistió, con esa vocecita que no dejaba escapar nada. —Jelena era… diferente. Tenía el corazón he

