ALESSANDRO
6 meses atras
La lluvia caía como si el cielo estuviera llorando a Santino, pero yo no. No podía. No sabía cómo. Estaba ahí, con el rostro serio, los lentes oscuros ocultando el hastío más que el dolor, viendo cómo bajaban el ataúd de mi hermano menor a la tierra húmeda. Era joven, demasiado. Santino era un imbécil a veces, pero era mi imbécil. Y lo quería. Me cuidó más veces de las que podría admitir. Tomó balas por mí, literalmente.
Y ahora estaba metido en una caja de madera, bajo tierra. Y yo, como siempre, tenía que continuar.
Las viejas lloraban. Mi hermana lloraba, porque Zita en verdad lo amaba, y era sin duda la que mas lo comprendía. Los socios fingían compasión. Los políticos murmuraban entre ellos. Y yo... yo pensaba en cuántos de los presentes estarían muertos en un año, y en cuántas putas tendría que follarme para dejar de pensar en Santino.
Salí del cementerio sin despedirme. No podía soportar más el olor a flores podridas y a hipocresía. Me subí a mi Maserati n***o mate, donde ya me esperaba Marcello. Fumaba, como siempre. El cabrón parecía tener un cigarro permanentemente pegado a los labios.
—Te ves de la mierda —me dijo sin levantar la vista.
—Tú hueles a mierda —le respondí.
Rió. Siempre reía cuando hablábamos así. Era el único que me hablaba con esa naturalidad desde que Santino se fue.
—Lo siento por tu hermano —añadió, después de una pausa incómoda.
—Sí... yo también —murmuré mientras encendía un cigarro. —¿Qué tienes?
Me extendió un sobre manila. Dentro había fotos. Amelia. Mi ex. Cuidando a una niña de unos cuatro años. Cabello n***o. Ojos azul hielo. Sonrisa torcida. Mía. Faby.
Me quedé mirándola como un imbécil por unos segundos.
—Están en Roma, con Bastián —dijo Marcello.
—¿Qué carajos hace con Bastián?
—Un bastardo con suficiente dinero como para vivir tranquilo, a petición de un angelito guardían. No te metas con él.
Cerré el sobre.
—Gracias. ¿Necesitas algo?
—Una puta. Pero eso puedo arreglarlo solo.
Nos reímos como si no estuviéramos llenos de cicatrices.
...
Dos noches después.
El club estaba lleno. Música, luces, drogas, tetas falsas y muchas ganas de olvidar. Mi santuario. Mi infierno. Mi hogar. Un antro exclusivo con acceso solo para miembros, con putas que cobraban más por callarse que por abrir las piernas.
Yo tenía un piso entero solo para mí. El Penthouse. Lleno de espejos, sillones de cuero rojo, bebidas caras y una cama enorme. Ahí me esperaba Mirra, mi "asistente", que en realidad era la cuidadora de Santino. Pero antes... también era mi putita personal.
Ahora era solo mi sombra, silenciosa y servicial. Su hijo, Samuel, era mi mano derecha. Un mocoso que había aprendido del mejor: Santino. A veces fumábamos un porro en el despacho, recordándolo. Hoy no. Hoy quería olvidarlo.
Me metí al gimnasio privado del club por una hora. Saco, pesas, abdominales, y cuerda. No por salud. No por vanidad. Por pura maldita resistencia. Quería poder follar por horas sin perder el aliento. Mi cuerpo era una máquina hecha para el placer. Y el dolor.
Ducha rápida. Agua helada. Whisky en la boca. Una línea de coca. Otra vez whisky.
Apenas salí del baño, ella ya estaba ahí.
Rubia. Cuerpo operado. Tatuaje de mariposa en la cadera. Pezones perforados. Tacones de aguja. La había cogido varias veces. Nunca me decía su nombre. Yo no lo pedía.
Se acercó a mí como una felina. Yo estaba solo con una bata negra de seda abierta. Mi v***a ya empezaba a endurecerse con solo verla gatear hacia mí.
—¿La quieres en la boca o entre las tetas? —preguntó, sonriendo como si no supiera la respuesta.
—Donde te quepa mejor, muñeca.
Se rió y me empujó al sillón de cuero. Abrió la bata y dejó que mi polla descansara dura y gruesa sobre su lengua. Me miraba mientras me lamía como si fuera un helado caro. Se la tragó entera y gemí, gruñí, no lo sé. El puto estrés, la rabia, la ausencia de Santino, todo salía en cada maldito movimiento de cadera.
La tomé del cabello y empujé. La hice tragársela hasta que se le aguaron los ojos.
—Así me gusta, perra —gruñí.
Ella gemía ahogada. Me encantaba esa sensación de poder. De control. De ser el rey. Y sin embargo, no podía dejar de pensar que después de esto... tenía que ir a ver a Amelia. Y a mi hija. Mi hija.
Una parte de mí lo odiaba. ¿Por qué meterlas en mi vida? ¿Por qué ahora? Pero otra parte... esa maldita parte débil que Santino conocía... solo quería ver esos ojos azules mirándome. Esa sonrisa torcida. Quería llevarla al parque. Comprarle un helado. Verla dormir.
Pero ahora no. Ahora necesitaba vaciarme para no llorar.
La perra aumentó el ritmo. Mis bolas golpeaban su barbilla y el sonido era música sucia. La tomé de los hombros y empujé con fuerza. Le follé la boca hasta que no pudo más y terminé rugiendo como un animal, vaciándome dentro de su garganta.
Ella tragó todo. Me limpió la punta con la lengua. Y se acomodó el cabello, como si nada.
—¿Quieres otra ronda, jefe? —susurró.
—Vete a la mierda —le dije, sin mirarla. —Y cierra la puerta al salir.
...
Estaba solo otra vez. La bata abierta. El whisky vacío. La foto de Faby en mis manos.
—Voy a ir por ti, pequeña —susurré.
Y esta vez... lo decía en serio.
(...)
Han pasado tres días desde aquella noche en el club. Desde que descargué toda mi frustración en esa boca experta, mientras me repetía a mí mismo que no tenía por qué ir a buscar a Amelia. Que no era necesario ver a Faby. Que no había espacio para ellas en mi mundo... Pero aquí estoy.
En un puto departamento alquilado en Roma, con los binoculares sobre el alféizar, mirando como un maldito enfermo a una niña de cuatro años que corre por el parque con una mochila de unicornio, riéndose como si el mundo nunca le hubiera hecho daño.
Faby.
Mi hija.
Tiene mi maldito color de ojos. Azul hielo. Los mismos que me devolvía el espejo cuando aún me reconocía. Tiene el cabello n***o azabache de Amelia, lacio, brillante como si el sol le tuviera cariño. Y esa sonrisa torcida... Esa puta sonrisa torcida es la misma que teníamos los Vannicelli cuando estábamos a punto de hacer algo que no debíamos.
La he visto cuatro veces ya. Desde lejos. Desde la seguridad de la oscuridad de mi carro, o de un balcón en el edificio frente al que viven. No me he atrevido a acercarme. No todavía.
Amelia parece más delgada, pero no menos hermosa. Esa mujer podría arrastrarme al infierno y sonreiría mientras lo hace. Su andar sigue siendo seguro, firme. Tiene el porte de una reina aunque esté en jeans y camiseta. La vi cargar a Faby en sus brazos cuando se quedó dormida en una banca. La besó en la frente y murmuró algo que no pude escuchar. Sentí un nudo en el estómago.
No es amor. No como antes. Lo mío con Amelia fue fuego. Puro deseo que nos consumió hasta dejar solo cenizas. Pero... la respeto. Y la cuido. Desde lejos. Porque ella fue la única mujer decente con la que me acosté. La única que se quedó con algo mío que sí valía la pena: Faby.
—¿Vas a quedarte ahí mirando como un acosador o vas a ir a tocar la puta puerta? —me gruñe Marcello desde el otro sofá, con una cerveza en la mano y un porro en la otra. Le pedí ayuda hace unos días, y ahora el cabrón no se aparta, parece divertido con mi acoso infantil. Pero así como ahora esta aquí, mañana se va, es impredescible
—Tú cállate, bastardo. —Le arrebato el porro y le doy una calada larga. Me arde en los pulmones, pero me calma. Me recuerda a Santino. A las veces que compartíamos uno después de limpiar una escena.
—Esa niña tiene tu misma cara de cabrón, ¿sabes? —me dice sin mirarme.
—Lo sé —respondo. Y me vuelvo a asomar. Hoy están comiendo helado. Amelia intenta limpiarle la boca a Faby pero la mocosa se la quita de encima. Rebelde. Orgullosa. Mía.
Bastián es otro cuento. Apareció el segundo día. Salió del edificio con Faby sobre sus hombros y Amelia a su lado. El hijo de puta sigue igual: elegante, silencioso, con esa sonrisa ladina de quien sabe más de lo que dice. Nos conocimos cuando aún tenía pelos en la cara. Fue amigo de Santino. Socio. Traficante fino, silencioso. Nunca se metía en la mugre, pero sabía moverla como nadie.
Pensé que estaban juntos. Amelia y él. Pensé que me habían reemplazado. Que Faby lo llamaba papá y que él dormía en la cama donde yo la hice gemir tantas veces. Pero no.
Marcello averiguó rápido. Bastián está ahí por lealtad. Por amistad. Ayudándola a esconderse. Porque después de Santino, y de la muerte del viejo Giuseppe —ese hijo de puta—, sabían que los Vannicelli iban a quedar expuestos. Y Amelia es lista. Se escondió.
Pero no lo suficiente.
Zia, la hija de Bastián, es una dulzura. La he visto jugar con Faby en el jardín. Tiene la piel trigueña, los ojos grandes y marrones. Bastián le enseñó a cargar un arma a los seis años. Yo fui testigo. La pequeña parece una muñeca, pero tiene más ovarios que muchos hombres que conozco.
Y ahí están todos. Jugando a la familia feliz. Mientras yo... yo observo desde la sombra, como siempre. Como un puto espectro con la polla caliente y el corazón apretado.
—¿Sabes lo jodido que estás, Alessandro? —vuelve a gruñir Marcello—. Vas a terminar bajando de ese departamento, tocando la puerta y cagándola toda.
—Tal vez —respondo mientras termino el porro—. Pero no hoy. Hoy solo quiero verlos.
Esa noche no duermo. Solo me recuesto en el sillón con una botella de whisky y el celular en la mano. Las fotos que tomé de Faby jugando llenan mi galería. Me castigo mirándolas, porque no tengo derecho. Porque no estuve ahí cuando se rompió el diente, cuando caminó por primera vez, cuando dijo su primera palabra. No estuve. Y aún así, quiero estar ahora.
Pero el mundo no es tan simple. Mi mundo menos.
El club me espera. Las putas también. Pero por primera vez en mucho tiempo, no me interesa follarme a ninguna. Solo quiero dormir. Solo quiero dejar de sentir.
Mañana… Quizá mañana toque esa maldita puerta.
(...)
La tarde está soleada, el tipo de luz que detesto porque hace que todo parezca más limpio y perfecto de lo que realmente es. Yo camino con paso firme por la acera de adoquines mal puestos, con las manos dentro del saco n***o, y el ceño fruncido. Hoy no vengo a matar, no vengo a negociar, no vengo a follar... hoy vengo a enfrentarme a una verdad que me quema por dentro desde hace dos malditos meses.
Amelia está saliendo de su trabajo. La reconozco desde la distancia, su cabello n***o atado en una coleta rápida, la bolsa del súper colgando de su hombro derecho. A su lado, va esa pequeña... mi pequeña. Fabiola. Faby. Es tan chiquita. Joder... tan parecida a mí que duele. Esos putos ojos azules —mis ojos— resaltan en su carita, y la sonrisa torcida es un maldito sello Vannicelli.
Me detengo en seco frente a ellas.
—Amelia —digo.
Ella se gira lentamente, como si reconociera el sonido de un fantasma que creyó enterrado. Me mira directo a los ojos. Su expresión se hiela. El rostro palidece, y la bolsa casi se le cae.
—Alessandro... —susurra.
—Hola, bella —respondo, con esa media sonrisa que ella tanto odiaba... o amaba, nunca supe.
La niña me mira curiosa, con esa inocencia que te dan los cuatro años. Me observa de arriba abajo, y luego se esconde tras las piernas de su madre. No dice nada, solo aprieta con fuerza el dobladillo de la falda de Amelia.
—No... No puedes estar aquí —me dice ella, bajando la voz. Mira a todos lados, como si esperara que alguien me reconociera y gritara: “¡Ahí está el mafioso!”
—No vengo a hacerte daño. Solo quiero hablar. ¿Nos invitas un helado? —Le guiño el ojo a Faby, que me mira otra vez, ahora más interesada. No es tonta. Sabe que algo pasa.
Ella duda. Sus labios tiemblan. Pero finalmente, asiente. Caminamos en silencio hasta el parque más cercano. Ahí hay un puesto de helados, bancos viejos, y niños gritando en los columpios.
Faby pide uno de vainilla con chispas. Yo pido uno de chocolate. Amelia no pide nada, se sienta como una estatua en la banca, tensa, con los ojos clavados en mí. Faby se va a jugar cerca, mientras lame el cono, sin sospechar nada.
—¿Qué quieres, Alessandro? —me lanza al cuello, con ese tono áspero.
—¿Crees que no lo sé ya? —respondo.
Ella traga saliva. Sus ojos se llenan de lágrimas, pero no deja que caigan.
—¿Desde cuándo? —pregunta.
—Desde hace dos meses. Me lo dijo Marcello. Me dio la dirección. He estado viéndolas desde lejos. A ti, a ella. Vi su cumpleaños.
Vi cómo la ayudabas con su mochila. Cómo se enojó porque se le cayó el helado la semana pasada. Vi todo... y no dije nada. Hasta hoy.
—¿Por qué ahora? —insiste.
—Porque me cansé de fingir que no me importa. Porque se parece a mí. Porque la sangre llama, Amelia. Porque quiero que sepa quién carajos es su padre.
—¿Y crees que puedes simplemente llegar, aparecerte aquí, y reclamarla? ¡Ella no sabe nada de ti! No sabe de tu mundo, ni del peligro, ni de tus putas, ni de tu mugrosa mafia. ¡Ella es una niña!
—Lo sé —respondo. Bajo la mirada un momento. Suspiro. Luego la miro con frialdad, con esa parte de mí que no ha muerto. La que siempre habla cuando debo ser claro.
—Si yo quisiera quitártela, Amelia... ahora estarías muerta. Tú, y ese pobre bastardo que vive contigo. ¿Entiendes? No vengo a pelear por la custodia. No vengo a invadir su mundo. Vengo a ofrecerte un acuerdo. Quiero estar en su vida. No seguido, no todos los días... pero quiero verla. Quiero que sepa que yo soy su padre. Quiero que me diga 'papá', aunque sea de vez en cuando. Quiero cuidarla. Hacerme cargo de sus gastos. Protegerla.
Ella me mira. Las lágrimas ya bajan por sus mejillas. Se limpia con la manga.
—¿Y si te matan? ¿Si alguien la usa para llegar a ti? ¿Si la pierdo por tu culpa?
—No la pondré en peligro. Ni a ti. Ella no se acercará a mi mundo. No sabrá de armas, ni de mis clubes, ni de putas. Solo sabrá que su papá la ama, y que aunque es un bastardo, quiere verla feliz.
—¿Por qué no lo dijiste antes? ¿Por qué esperaste tanto?
—Porque soy un idiota. Porque Santino se llevó muchas cosas a la tumba, y una de ellas fue que tú estabas embarazada. Porque me consumí en venganza y muerte. Porque creí que no podía dar amor. Pero ella... ella me cambió todo solo con esa sonrisa torcida.
Ella no dice nada. Me mira con dolor, pero también con comprensión. Finalmente, asiente.
—Está bien. No voy a impedirlo. Pero si una sola cosa... una sola... pone a Faby en riesgo, me la llevo y desaparezco. Y tú... tú no volverás a saber de ella.
—Hecho —le digo.
Nos damos la mano. Fuerte. Como dos mafiosos sellando un pacto de sangre.
Cuando Faby vuelve corriendo, con la cara sucia de helado, le sonrío. Me agacho a su nivel.
—Hola, princesa. ¿Sabes quién soy?
Ella me observa. Niega con la cabeza.
—Yo soy Alessandro. Pero puedes decirme... papá.
Ella me mira confundida. Luego mira a su mamá. Amelia le sonríe, y asiente.
Faby frunce el ceño, como si lo pensara muy bien, y luego dice:
—¿Papá... me compras otro helado? Este se cayó.
Río. No me río así desde que Santino estaba vivo. Abro la billetera, saco un billete grande y lo levanto en el aire.
—¡Uno para ti, uno para mí, y otro para mamá!
Ella grita de emoción y corre hacia el carrito. Amelia me mira, más relajada, aún desconfiada, pero hay un destello de ternura. Yo solo me quedo mirando a Faby, con esa sonrisa torcida que llevamos todos los Vannicelli, y sé... que por ella... mataría a quien sea.
Y también, viviría.