ALESSANDRO En el jet, Elena no baja la intensidad. Me busca, me provoca, se monta sobre mí sin pedir permiso y me exige que la tome de nuevo. Lo hago. Cuatro veces más. Cada una más intensa que la anterior. Incluso cuando anuncian el descenso, la tengo en cuatro, jadeando mi nombre como si fuera una maldición y una oración a la vez. No entiendo este cambio. No entiendo esta locura en sus ojos. Pero me encanta. Me arrastra con ella. Cuando por fin llegamos a Turín, estoy hecho mierda. Literalmente. No puedo con mi alma, pero aún así, conduzco hasta mi casa. Mi casa en esta ciudad. Elena va dormida en el asiento, pero al llegar, despierta con energía renovada, mirando todo como si fuera un maldito palacio encantado. Y en parte, lo es. La casa es una mansión de estilo clásico italiano, co

