ALESSANDRO Desde el momento en que escuché su voz, supe que esta tarde iba a irse al carajo. Rupert. El muy cabrón tenía que aparecer justo aquí, en esta casa, con su maldita sonrisa de príncipe caído y esa actitud de niño mimado que siempre me ha dado ganas de romperle la cara. Y claro, se acercó a Elena como si nunca la hubiera perdido. Como si aún tuviera algún tipo de derecho sobre ella. La saludó con un beso demasiado largo en la mejilla, con una mano que rozó su brazo más de la cuenta. Observé cada movimiento, cada gesto, cada sonrisa forzada de Elena… y me hervía la sangre. Apenas pude arrastrarla a un rincón, le solté en voz baja: —¿Qué mierda hace ese imbécil aquí? Elena se tensó. Me miró con esa expresión que siempre me desarma y al mismo tiempo me enciende más. —La familia

