ELENA Desperté sola. Las sábanas estaban revueltas, aún tibias por el cuerpo de alguien que ya no estaba. Me incorporé lentamente, con los músculos entumecidos, la garganta seca, el cuerpo ardiendo. Me dolía absolutamente todo… y no era una queja. Era una prueba viviente de lo que habíamos hecho anoche. Otra vez. No había nota. No había mensaje. Ni siquiera una maldita señal de que Alessandro Vannicelli se había ido por voluntad propia y no porque le urgiera desaparecer de mi vista. Me quedé un momento sentada en el borde de la cama, intentando ordenar los recuerdos. Imágenes sueltas. Mi cuerpo encima del suyo. Sus manos en mi garganta. Sus embestidas. El colchón temblando. Y el vacío absoluto que vino después. Literalmente. Porque me desmayé. Otra vez. Es la segunda vez que me pasa.

