ALESSANDRO Sus palabras me atraviesan. Me incorporo, la miro a los ojos. —No, Elena. Mierda, no. Escúchame bien —le digo, con calma, pero con la fuerza de una verdad que necesita ser entendida—. Lo que te dije de no querer hijos, nunca fue por ti. Ni por Amelia. Ni por Faby. Es por el mundo en el que vivo. Tener una familia aquí no es tener un hogar y cenas tranquilas. Es tener un puto blanco en la espalda todos los días. Es mirar a tu hijo y temer que alguien lo use para joderte. Ella traga saliva. —Faby… no fue planeada. El condón falló. Así de simple. Pero no por eso la amo menos. Esa niña es mi sangre, mi vida. Y sí, haría cualquier cosa por ella. Pero no porque la haya planeado, sino porque es mía. Como tú lo eres. Ella baja la mirada, respira profundo. La dejo procesarlo. —Elen

