ALESSANDRO El parque huele a pasto mojado y a dulzura infantil. Pero a mí no me importa nada más que encontrarla. Y entonces la veo. Con su carita llena de mocos, los ojos rojos por el llanto, las manitas rascadas, y su mamá tratando de consolarla. —Papá… —susurra cuando me ve, y corre hacia mí, a pesar del raspón en la pierna. Me agacho a tiempo para recibirla entre los brazos. Se me cuelga del cuello, la aprieto fuerte. Huele a lágrimas y sudor, y al puto mundo entero. —Ya estoy aquí, princesa. Nadie más va a tocarte, ¿me oyes? Asiente contra mi pecho, temblando. La cargo hasta la banca más cercana. Me arrodillo frente a ella, saco del cochecito de emergencia el botiquín que siempre traigo. Sí, siempre. Porque mi hija es mi jodido corazón con patas. Le mojo las heridas con agua

