ELENA El olor a sangre se mezclaba con el del metal oxidado. Me ardía la nariz, me picaban los ojos. Pero no aparté la mirada. El primero… ya estaba muerto. Alessandro lo había dejado irreconocible. Un charco espeso bajo su cuerpo era la única prueba de que alguna vez fue humano. El segundo hombre temblaba. Tenía las manos atadas por detrás, la cara hinchada y un labio roto. Pero sus ojos… sus ojos buscaban clemencia. No la iba a encontrar. Estábamos en un rincón de la bodega, apenas iluminado por un foco desnudo que colgaba del techo. No había ecos, sólo el sonido húmedo de los pasos de Alessandro. Iba lento, como un depredador. No dijo nada al principio. Solo tomó unas tenazas. Sentí un escalofrío. Y no… no era solo miedo. Era algo más oscuro. Más íntimo. Más animal. No era una ex

