ALESSANDRO La puerta del ascensor chirrió apenas al abrirse, como si también supiera que estaba regresando a casa. A mi maldito refugio. A mi mundo. Marcello me esperaba en la entrada, con ese rostro serio que ya me decía que había novedades. —Lo tenemos —dijo sin rodeos, caminando a mi lado. —¿Quién? —El último. El cabrón que filtró la información. Cayó anoche. Lo rastreamos por una transferencia oculta, encajó con los datos de Samuel. Está abajo, encerrado. Esperando. Asentí. Estaba agotado del viaje, y todavía con la sangre en ebullición después de ver al imbécil de Rupert, pero no lo haría ahora. —Llévalo a la bodega —ordené, sin mirarlo—. Mañana temprano iré por él. Esta noche… esta noche me pertenece. Marcello entendió. Asintió y se fue sin más palabras. Crucé el pasillo lar

