Nunca había conocido a nadie que viviera justo en el medio de la ciudad. En realidad, fue genial. Una puerta que daba a la calle conducía a un tramo de escaleras y luego a un pequeño rellano y a otra puerta, que era la puerta de entrada.
"Bienvenido." Abrió la puerta y entró. Accionó un interruptor y la pequeña zona de asientos se inundó de luz. Sus muebles eran escasos, pero supongo que como estudiante necesitaba muy poco.
No es que estuviera interesado en su entorno. Tan pronto como cerró la puerta principal, tomé su mano y tiré suavemente de ella hacia mí. Ella era pequeña y yo era duro con ella.
Las mujeres por las que normalmente rondaba eran de una r**a diferente a Sofía. Eran más duras, menos dulces. Entendieron que iba a ser sexo y nada más. Con Sofía tendría que ser amable.
Llegó en un paquete pequeño pero voluptuoso. En el momento en que se quitó el abrigo en el bar, un oscuro hambre por ella me consumió. Durante el período que estuvimos en el bar, lo único en lo que había pensado era en cómo se sentiría tomar sus senos llenos y pasar mi lengua por sus pezones y escucharla gemir y suplicar por más.
Caminó hacia mis brazos con tanta naturalidad como si lo hubiera estado haciendo durante años. Colocó sus delicadas manos sobre mi pecho y abrió los labios.
Con un gemido, me abalancé y choqué sus labios con los míos, olvidándome de la promesa que me había hecho de ser gentil. No hubo dudas ni bromas. El beso se profundizó desde el momento en que nuestros labios se tocaron. Nuestras lenguas se arremolinaron creando una hermosa música.
Mi erección empujó contra su vientre y por primera vez en mi vida me preocupé por el tamaño de mi pene. Yo era un tipo grande y mi pene era, bueno, grande. Ella en cambio, era tan pequeña, ¿y si no fuera capaz de soportarlo todo? Pero mi cuerpo ya estaba lleno de necesidad. Me invadió la necesidad de verla desnuda y besar cada parte de su piel.
"¿Dónde está tu dormitorio?" Pregunté, rompiendo el beso.
Nuestras respiraciones eran rápidas y entrecortadas, como si hubiéramos estado corriendo durante horas. En respuesta, ella tomó mi mano y me condujo por un pequeño pasillo hasta una puerta. La ventana no tenía cortinas, lo que inundaba la habitación con la luz de la luna.
Hizo ademán de encender la luz.
“Déjalo”, ordené, quería verla a la luz de la luna. Como una especie de diosa. "Quítate la ropa."
Sin decir palabra, ella hizo lo que le pedí. Sin quitarle los ojos de encima, rápidamente me quité la ropa, excepto mis calzoncillos. Luego saqué un condón de mi billetera y me tumbé en la cama mirándola. Mi pene sobresalía de mis calzoncillos de una manera casi obscena y esperaba que ella me deseara tanto como yo la deseaba a ella.
Se llevó la mano a la espalda, se quitó el cierre del sujetador y se lo soltó, revelando las tetas más hermosas que había visto. Un gruñido escapó de mi boca. Quería, NO, necesitaba probar cada parte de su cuerpo, su piel, memorizando cada curva y contorno.
"Eres tan hermosa", susurré con voz ronca. "Ven aquí."
Sus ojos se abrieron cuando vio el bulto que guardaban mis calzoncillos. En lugar de desanimarse, parecía fascinada por el tamaño de mi pene.
"¿Estás escondiendo un sándwich de metro en tus pantalones?" Bromeó, mientras se subía a la cama y se sentaba a horcajadas sobre mí, su coño mojado frotándose contra mi vientre.
Se me cortó el aliento en la garganta mientras la miraba. Era la mujer más perfecta que jamás había visto. Acaricié sus hombros desnudos mientras miraba con avidez su hermoso cuerpo. Moví mis manos para acariciar sus pechos y ella tembló. "Tan perfecto", murmuré mientras llenaban mis grandes manos.
Froté sus pezones con mis pulgares y fui recompensado con un suave gemido. Puso sus manos sobre mi pecho y me acarició. Rodando sus pezones entre mis dedos, me senté para llevarme un pezón duro a la boca. Los chupé a ambos, uno tras otro, hasta que ella se retorció y se balanceó sobre mi pene, sus calzones de encaje empapadas frotando mi estómago.
Levanté la cabeza y capturé su boca en la mía. El sabor de su cóctel se había desvanecido y sabía a algo dulce, como a fruta madurada al sol. Ella gimió en mi boca, volviéndome loco. No había nada que pudiera vencer a una mujer que respondía sin inhibiciones.
Quería más. "Quiero probar tu v****a".
"No crees en ser sutil", jadeó.
"No cuando se trata de cosas importantes", dije y suavemente nos di la vuelta para que ella estuviera acostada de espaldas en la cama. Me tomé un momento para admirar su cuerpo desnudo nuevamente antes de agacharme entre sus piernas. Deslicé su ropa interior sobre sus bien formados muslos y piernas, las dejé caer al suelo y volví mi atención al regalo que tenía frente a mí. Brillaba a la luz de la luna. Separé sus muslos y luego bajé la cabeza hacia su néctar que goteaba.
Su dulce aroma almizclado flotó hasta mi nariz. Puse mis manos a los lados de sus labios y loa abrí. Su excitación brotó de ellos y bajé la cabeza y pasé la lengua por su v****a.
Ella dejó escapar un grito de sorpresa.
"Dios, sabes tan jodidamente bien", gruñí. Luego provoqué su clítoris sin piedad hasta que estuvo al borde del orgasmo. Empujó mi cabeza y le di lo que quería empujándola con mi lengua.
Cuando ella se corrió, fue con una serie de gemidos y un agarre de mi cabello como si fuera un vicio. Le di una última lamida a su coño antes de acostarme en la cama y tirarla a mis brazos. Poco a poco, su respiración volvió a la normalidad.
"Eso fue jodidamente fantástico", declaró, y ambos nos reímos.