Capitulo 5

2389 Words
A la mañana siguiente decidí volver a trabajar desde casa. No es que tuviera mucho que hacer en casa, sino que temía que, si iba a la oficina, todo el mundo pudiera deducir por mi cara que la noche anterior me había metido un dedo hasta alcanzar un orgasmo estremecedor mientras mi hijo escuchaba. Sabía que era una tontería, pero también sabía que probablemente no iba a poder pensar en otra cosa ese día hasta que yo misma llegara a alguna resolución. Al ordenar mis sentimientos, me di cuenta rápidamente de que mis esfuerzos anteriores por limitarme habían resultado absurdos. Por el amor de Dios, la noche anterior había hablado con Arturo sobre lo inapropiada que había sido nuestra conversación anterior y sobre cómo eso no debía ni podía volver a ocurrir... y la llamada había terminado conmigo soltando el teléfono porque me estaba corriendo muy fuerte. Tenía que ser más realista conmigo misma y con mis expectativas de futuras conversaciones con Arturo. Ahora que las compuertas se habían abierto, por así decirlo, sabía que él iba a esperar que las conversaciones futuras incluyeran que ambos nos escucháramos corrernos. Ya le había demostrado, y me había demostrado a mí misma, que no tenía fuerza de voluntad para evitarlo. Quizás lo más desconcertante era la sincera sensación de que ni siquiera estaba segura de querer evitarlo. A pesar de toda la culpa que sentía, también sabía en el fondo de mi corazón que lo había disfrutado... y que no podía dejar de pensar en ello. Y -probablemente lo más preocupante- que también parecía estar en un constante estado de excitación. Tal vez fuera la picardía de todo aquello, o la idea de que un chico joven pensara que yo era lo bastante sexy como para querer fantasear, o tal vez sólo fueran esos sentimientos latentes que estaban hirviendo hasta la cima. Intentaba poner en orden estos y otros pensamientos mientras estaba en mi cocina sorbiendo mi primera taza de café cuando oí abrirse la puerta trasera. —Toc-toc—, dijo Luciana alegremente. —¿Estás ocupada?— Ambas teníamos privilegios de puertas abiertas en la casa de la otra, pero como estaba tan absorta en mis propios pensamientos esta mañana en particular, no pude evitar saltar. —¡Oh! Dios, hola Lucy. Lo siento, siempre eres bienvenida, pero creo que estaba a un millón de kilómetros cuando entraste y me sobresalté—, sonreí. —Oh, no. Lo siento, linda. Acabo de ver que tu coche estaba todavía en el garaje y me imaginé que estabas trabajando desde casa y pensé en venir a tomar una taza de café y charlar antes de empezar mi día. ¿Estás bien?— Me reí de mí misma por estar tan metida en mis propios pensamientos que me sobresalté. —Estoy bien—, dije. —Tómate un café mientras voy a cambiarme—. Todavía llevaba la camiseta y las bragas con las que había dormido la noche anterior. La camiseta apenas me cubría la ropa interior y, aunque Luciana y yo nos habíamos cambiado de ropa delante de la otra muchas veces mientras íbamos de compras, esta mañana me sentía casi desnuda delante de ella. —Oh, no te molestes—, dijo. —No puedo quedarme mucho tiempo. ¿Qué te tenía tan pensativa?—, dijo despreocupadamente mientras se servía una taza de café. —Um, oh nada. Estaba pensando en Arturo. Hablé con él anoche—, le ofrecí, esperando que no notara que me sonrojaba. Intentaba sonar relajada, como si fuera una charla normal sobre madre e hijo. —Oye, hablando de Arturo—, dijo ella, ahora con un poco más de animación en la voz, —nunca me dijiste... ¿cómo resultó la —sorpresa accidental—? ¿Alguna vez dijo algo? Luciana sonreía mientras decía esto, el tipo de sonrisa que una tiene cuando está al tanto de un secreto y quiere enterarse de todos los cotilleos. Yo, en cambio, empecé a sentir un poco de pánico. Nunca le había mentido a mi mejor amiga, pero temía que si respondía con la verdad, ella quisiera oír más... algo que no estaba segura de que quisiera oír. Decidí en el momento intentar responder rápidamente y seguir adelante. —Sí, las encontró—, dije con despreocupación. —Estoy segura de que les está dando un buen uso. ¿Qué tienes que hacer hoy? Se rio. —No te vas a librar tan fácilmente, linda. Creo que me he ganado el derecho a algunos detalles. Después de todo, fue idea mía si te acuerdas. Tragué un gran sorbo de café mientras intentaba formular mi respuesta. —Vale... claro...—. Dije despacio, intentando ganar tiempo. —Bueno, me llamó un par de días después y me dijo que las había encontrado y yo me hice la avergonzada y le dije que lo sentía, que debía de haber sido un accidente. Creo que se lo creyó—. Esperaba que pudiéramos desviar la conversación. El recuerdo de aquella conversación inicial bastaba para avivar mi libido y no quería que Luciana le diera más pistas de que le había confesado que se masturbaba con ellas mientras él y yo hablábamos por teléfono. La sonrisa de Luciana se transformó en una mas penetrante y me miró directamente a los ojos. —Oye, estás hablando conmigo, ¿recuerdas? A la que puedes contarle cualquier cosa, y viceversa. Te conozco lo suficiente como para darme cuenta de que hay algo más en esta historia. Vamos, suéltalo. Suspiré. —Bueno, sí... Supongo que hay algo más—, dije mirando al suelo. —Pero si te lo cuento, tienes que prometerme que no pensarás que soy una madre terrible—. Durante los 15 minutos siguientes le conté a mi mejor amiga las conversaciones iniciales y posteriores que tuvimos mi hijo y yo. No fui gráfica, pero dejé claro que él y yo nos habíamos oído masturbar por teléfono y que le había dejado escucharme correrme. Cuando terminé, tanto ella como yo estábamos sonrojadas. Como no llevaba sujetador, debió de ser evidente para ella que tenía los pezones duros y que contar la historia me había excitado y avergonzado a la vez. Durante lo que me pareció una eternidad, ninguna de las dos habló. Por fin levanté la vista y vi que Luciana tenía la mirada vidriosa. —Dios mío—, susurró finalmente. —No puedo creer la envidia que te tengo ahora mismo. La miré con incredulidad, para asegurarme de que su expresión coincidía con sus palabras. —¿En serio?— le dije. —Dios, tenía tanto miedo de que pensaras que era una puta o algo así. —Cariño, estás viviendo tu fantasía... y, a decir verdad, también la mía—, me dijo. —Ya que estamos siendo totalmente honestas aquí, admitiré que he jugado conmigo misma una o dos veces cuando Fred ha llamado, especialmente si ya estoy en la cama cuando él llama. La única diferencia entre tú y yo es que Fred no lo sabe. A veces desearía que lo supiera... sólo para ver a dónde podrían llegar las cosas. Entonces... ¿qué pasa ahora? —No sé. Es un poco tarde para volver a meter al genio en la botella y justo estaba pensando en eso cuando entraste. Ni siquiera estoy segura de querer hacerlo. Luciana se levantó, se acercó y me dio un abrazo. —No te culpo, y desde luego no te estoy juzgando. Dios sabe que si yo estuviera en tu lugar, habría hecho exactamente lo mismo. Oye, sólo es masturbación mutua. Y es por teléfono, así que hay un cierto tipo de muro ahí. Yo digo que disfrutes. Tal vez algún día pueda armarme de valor para hacer lo mismo. Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas. —Gracias, Lucy—, dije, abrazándola. —Siempre sabes qué decir para hacerme sentir mejor. Con eso, decidí disfrutar de mi nueva salida s****l. Me negué a sentirme culpable. Fue catártico poder aceptar esta nueva sexualidad y me moría de ganas de que Arturo volviera a llamar. No tardó mucho. Esa noche volvió a llamar. Que llame dos noches seguidas es una rareza. Sé que cuando lo hace suele querer algo y, cuando vi que era él quien llamaba, sonreí para mis adentros porque sabía exactamente lo que quería... y estaba preparada. Esperaba a medias que llamara. Y, para ser sincera, si no me había llamado, yo iba a llamarle. No quería que esto se cerniera sobre ninguno de los dos. Era mejor hacerle saber que me parecía bien este nuevo juego en el que ambos estábamos interesados, y no perdí el tiempo con ninguna charla preliminar. Quería correrme y quería que mi hijo me oyera. —Hola, bebé—, respondí, con una voz recién encontrada. —Hola—, respondió. —¿Estás lista para ir a la cama? —De hecho, me estaba preparando para meterme. Esta noche me he dado un largo baño de burbujas y me he puesto una de mis bragas favoritas—, le dije al teléfono, haciéndole saber que me parecía bien seguir jugando a nuestro juego. —Así que estoy bien limpia y me arrastro entre mis sábanas. Me gusta cuando la tuya es la última voz que oigo justo antes de irme a dormir—. Podía oír la respiración de Arturo. Sabía que ya se estaba acariciando la polla. —Yo también, mamá—, dijo, con la respiración agitada. —¿Qué bragas llevas? Miré hacia abajo mientras los describía, mi mano recorriendo la parte superior, sintiendo el suave material. —Una s de seda con estampado de leopardo. Seguro que las has visto colgadas en el tendedero. Mmmm, se sienten tan sexy contra mis dedos—, ronroneé. Quería que supiera que ya estaba usando mis dedos conmigo misma. —Dios mamá, esto es tan caliente. ¿Eso es todo lo que llevas puesto?— Arturo dijo. —Sí cariño, esta noche eso es todo lo que mami lleva puesto.... Quiero poder sentir las sábanas frescas contra mi cuerpo y dejar que el aire sople sobre mis pezones duros mientras me toco el coño y te hablo—, le dije, sin creer que realmente le estuviera diciendo estas palabras a mi propio hijo. Sonreí para mis adentros. Si Lucy pudiera oírme ahora, me reí, se moriría. —¿Y en qué estás pensando mami?— preguntó Arturo sin aliento. —¿En qué piensa mami mientras juega con su coño? Sabía que se divertía llamándome —mami— en vez de —mamá— y pudiendo decir —coño— sin que yo le corrigiera. Y yo también. Me ardía el coño. —Mamá está pensando en su bebé acariciando esa polla grande y dura—, susurré en el auricular. —Está dura, ¿verdad, cariño? Y tú la estás acariciando, ¿verdad? ¿La estás acariciando con las bragas sucias de mamá?. —Mierda, sí—, jadeó Arturo. —Estoy tan jodidamente duro ahora mismo. Todavía puedo saborear los jugos de tu coño en estas bragas mamá. Desearía tanto que estuvieras aquí y poder saborearlos directamente. Sabía que Arturo estaba subiendo la apuesta diciendo con el lenguaje que estaba usando y hablando de lo que haría si yo estuviera realmente allí. Pero no me importaba. Luciana tenía razón: había algo agradable en tener un muro artificial entre él y yo mientras ambos nos masturbábamos. Parecía hacer que ambos estuviéramos más abiertos a decirnos cosas que probablemente nunca nos habríamos dicho si estuviéramos en la misma habitación. No le regañé por su lenguaje ni intenté limitarle en su fantasía. No era el momento de modestias ni de correcciones maternales. En lugar de eso, lo saboreé. Me metí un dedo en el coño y lo saqué, brillando a la luz de la lámpara de la mesilla. Me lo metí en la boca y chupé ruidosamente todos mis jugos. —Mmmm—, gemí. —Mami sabe bien y limpia para su niño grande, y tan húmeda, pensando en él compartiendo este jugo de coño Gimió Arturo. —Dios mamá, ¿acabas de probar el jugo de tu propio coño en tu dedo? Eso es tan jodidamente caliente. ¿Te gusta? —Sí cariño, a mami le gusta. Me encanta saborear mi coño mientras te imagino saboreándome fuera de mis bragas. —Dios—, jadeó Arturo. —¿Alguna vez... en la vida real... ya sabes... has estado con otra mujer. Si hubiera tenido más control, o hubiera sido más racional, habría desviado esa pregunta. Nunca había hablado de mi historial s****l con Arturo, ni con casi nadie. Pero, como dije antes, en aquel momento el pudor no parecía encajar con el momento. —Sí cariño, lo he hecho. Ha pasado mucho tiempo, pero una amiga de la universidad y yo nos enrollamos unas cuantas veces. Me encantaba comerle el coño, respondí con sinceridad, aunque me sentía especialmente traviesa diciéndole —coño— a mi pequeño. Aunque no podía creer que estuviera hablando de comer coños con mi propio hijo, tenía que admitir que era increíblemente excitante. Mi propio coño estaba prácticamente goteando mientras acunaba el teléfono contra mi hombro para poder jugar con mi sexo y mis pezones al mismo tiempo. Sabía que estaba a punto de correrme. Al parecer, mi Arturo también. La imagen en su cabeza de su propia madre comiendo coño debe estar volviéndole loco, razoné. —Oh Dios,— respiró. —Estoy a punto de correrme, mami—. Su respiración se aceleró y sólo pude oír gemidos al otro lado de la línea. Me lo imaginé acariciando su enorme y dura polla e introduciéndome dos dedos en el coño mientras sentía mi propio orgasmo hinchándose en mi interior. —Dios, sí—, grité mientras sentía cómo se tensaban prácticamente todos los músculos de mi cuerpo. —Córrete para mi, bebé. Córrete encima de mami. Quiero sentir tu semen caliente por todo mi coño—. Me corrí tan fuerte que casi me desmayo. Pasaron varios minutos hasta que alguno de los dos pudo decir algo, ambos jadeábamos. Finalmente Arturo dijo: —Dios mamá, ha sido increíble. —Lo sé, cariño. Dulces sueños—, sonreí.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD