RAFAEL. Una va dio exactamente cuatro pasos antes de que la agarrara por el pelo. Mi ira se rompió como una presa, las olas rompieron sobre mí como un ariete mientras mis dedos se aferraban a sus hilos sedosos y la atraían hacia mi pecho. Ella gritó de dolor, pero la pequeña zorra siguió luchando contra mí. —Ya basta de esto, Irina—, le gruñí al oído mientras mis brazos la rodeaban para mantenerla quieta. —Tú y yo vamos a tener una conversación. —No estoy hablando con usted. —Sí, malyshka, lo eres—, siseé. —Y si usas esa linda boca tuya para mentirme, la usaré para algo más que habla. —Déjame ir. — Sus palabras fueron ridículas. Ella sabía que no la dejaría ir. Ahora no. Jamás. Ella era mía. —Te odio. —Ya lo sé, Red—, le aseguré. —Pero eso no cambiará nada. Ahora, podemos tener esta

