CAPÍTULO 6: LA TRAMPA DEL FÉNIX

839 Words
La tensión en la Clínica Mendoza había encontrado un nuevo equilibrio: frío, profesional y mortalmente silencioso. Marco y Valeria se comunicaban a través de memorandos y miradas fugaces. La alianza forzada por la verdad era tangible, pero la herida de su intimidad brutal aún supuraba entre ellos. Fernando, desde su oficina, observaba como un halcón. Su victoria era incompleta. Los veía cooperar a regañadientes, y eso era inaceptable. Necesitaba que estallaran de una vez por todas. Y tenía el plan perfecto. Convocó una reunión express de la junta directiva. Marco y Valeria asistieron, sentándose en extremos opuestos de la mesa. —Tengo un anuncio —comenzó Fernando, con una sonrisa de falso entusiasmo—. La fundación "Corazón de Fénix" ha seleccionado nuestra clínica para un caso de altísimo perfil y complejidad. Un trasplante cardíaco infantil. La paciente es Sofía, 8 años, miocardiopatía dilatada terminal. Sin donante compatible en el país. Marco se irguió, interesado a pesar de sí mismo. —¿Y cuál es el truco, Fernando? —preguntó con desconfianza. —El truco, querido sobrino, es que la fundación exige que los doctores Quiroga y Mendoza lideren el caso en conjunto. Su reputación de "mejor equipo quirúrgico" les precede —dijo, cargando las palabras de ironía—. Y hay una condición: todo debe ser televisado para recaudar fondos. La presión mediática será inmensa. Si fallan... el escándalo enterrará la reputación de la clínica y de la fundación para siempre. Era una trampa diabólica. Fernando los ponía en la mira pública con un caso casi imposible. Los forzaba a trabajar juntos bajo la lupa de todos, sabiendo que su relación era un campo minado. —Aceptamos —dijo Valeria, antes de que Marco pudiera protestar. Todos los ojos se volvieron hacia ella—. Si hay una posibilidad de salvar a esa niña, la tomaremos. Marco la miró, sorprendido. En sus ojos vio la misma determinación férrea que había tenido al detectar el sabotaje. Asintió lentamente. —Aceptamos. La preparación fue una pesadilla de logística y presión. Fernando, como director administrativo, "accidentalmente" retrasó la autorización para traer un corazón de donante de otro país, acortando el tiempo al máximo. Les asignó un quirófano con equipos de última generación pero con un sistema eléctrico manipulable fácilmente y que simplemente pareceria sobrecarga en caso de falló. El día de la cirugía, la tensión era palpable. Cámaras de televisión grababan desde la suite de observación. Sofía estaba en la mesa, pequeña y frágil frente al enorme equipo. La cirugía comenzó con una precisión de relojería. Marco y Valeria eran una extensión el uno del otro, anticipando cada movimiento, cada necesidad. La tensión personal se transformó en concentración profesional pura. Por un momento, todo desapareció excepto el corazón latiente de la niña. Hasta que sucedió. En el momento crítico de la anastomosis vascular, las luces del quirófano parpadearon y se apagaron por completo, sumiendo la sala en una oscuridad rota solo por las luces de emergencia. Las máquinas vitales emitieron alarmas agudas al cambiar a batería. —¡Maldita sea! —rugió Marco—. ¡Generador de respaldo, ahora! —¡No responde! —gritó un enfermero desde la consola—. ¡El sistema está sobrecargado! Era el sabotaje de Fernando. Los había dejado a ciegas en el momento más crucial. El pánico se apoderó del quirófano. Las cámaras de televisión seguían grabando, capturando el potencial desastre en directo. —¡Silencio! —La voz de Valeria cortó el caos como un bisturí. No era un grito, era una orden clara y glacial—. ¡Luces frontales de emergencia, ya! ¡Iluminen el campo! ¡Yo sostengo la anastomosis! Quiroga, tú continúa. No mires nada más. ¡Confía en tus manos! En la penumbra, sus manos, sosteniendo los delicados vasos sanguíneos, no temblaron. Marco la miró. La luz frontal de su frente iluminaba sus ojos, donde solo había una fe absoluta en su habilidad. Era la cirujana, no la heredera. Era su igual. Inspirado por su calma, Marco trabajó casi por instinto, guiado por el tacto y años de experiencia. Minutos eternos después, la anastomosis estaba completa. En ese preciso instante, las luces regresaron y los equipos se reiniciaron. El corazón donado latió fuerte y regular en el pecho de la niña. Lo habían logrado. En la suite de observación, Fernando palideció. Su trampa había fallado. Peor aún, los había unido en el fuego de la adversidad. En el quirófano, entre aplausos aliviados del personal, Marco y Valeria se miraron. La adrenalina aún corría por sus venas. Sin una palabra, él asintió hacia ella, un gesto de profundo respeto y gratitud. Ella respondió con una leve inclinación de cabeza, pero en sus ojos ya no había solo hielo. Había un reconocimiento, un canal abierto. Fernando, desde lejos, apretó los puños. Su plan había fracasado, pero no se rendiría. Si no podía dividirlos con la presión, tendría que encontrar otra manera de destruirlos. La guerra continuaba, pero una nueva alianza, forjada en el calor del quirófano, acababa de nacer.
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