Capítulo XXX De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadoraASAZ melancólicos y de mal talante llegaron a sus animales caballero y escudero, esp[e]cialmente1 Sancho, a quien llegaba al alma llegar al caudal del dinero, pareciéndole que todo lo q[ue]2 dél se quitaba era quitárselo a él de las niñas de sus ojos. Finalmente, sin hablarse palabra, se pusieron a caballo y se apartaron del famoso río, don Quijote, sepultado en los pensamientos de sus amores, y Sancho en los de su acrecentamiento3, que por entonces le parecía que estaba bien lejos de tenerle, porque maguer era tonto, bien se le alcanzaba que las acciones de su amo, todas o las más, eran disparates, y buscaba ocasión de que, sin entrar en cuentas ni en despedimientos con su señor, un día se desgarrase y se fuese a su casa

