Georgia. Desde que salí de casa con Benjamín no había podido borrar la tonta sonrisa de mi rostro. Habíamos ido al bar en donde nos besamos la primera vez, cuando nos encontramos con Adam, pero a diferencia de esa vez, en esta ocasión todo había sido diferente y especial. Bailamos, reímos y disfrutamos el uno del otro. Fue mágica la manera en que nuestros cuerpos parecían tener energías ilimitadas para saltar y bailar como locos. Ahora, Benjamín me traía a la Universidad en donde estudiábamos. No era tan tarde, porque aún había luces dentro del lugar. —¿Por qué estamos aquí? —le pregunté con curiosidad mientras lo observaba con el ceño fruncido. —Tengo algo que sacar de mi casillero —se encogió de hombros y sonrió. Me parecía en extremo raro, pero omití mis pensamientos. Se sentía

