Georgia. Mamá estaba un punto más allá de molesta conmigo por lo sucedido la noche anterior, cuando fuimos llevados a la cárcel con mis amigos. Aunque para ser justos, mi pequeña metida de pata no era lo único que la tenía tirando humo por la cabeza y es que cuando Erick por fin llegó a buscarme me contó como papá había ido a casa. Sí, mi padre había tenido los cojones para plantarse en mi casa como si nada hubiese pasado. —...¿Qué crees que le respondí? —mamá me preguntó con el ceño fruncido. La verdad no estaba muy atenta a lo que ella me contaba, ya que aún no salía del shock inicial de la noticia. —No sé, dime tú. —¡Que se vaya al infierno! —exclamó mamá con ira y negó con la cabeza—. Le dije también que le debía una explicación a sus hijos, que era un imbécil por no contarles n

