La vela se apagó dejándome en la absoluta oscuridad.
Durante un segundo —ese segundo que dura una eternidad— no hay nada. Solo el silencio del fracaso. Solo la certeza de que todo se acabó.
Pero luego... un calor distinto. No es el de la llama. Es más profundo. Es él.
Siento como sus brazos fuertes me envuelven desde la oscuridad, levantándome del suelo antes de que pueda caer completamente. El aroma familiar de Christian me golpea los sentidos: bosque salvaje, poder, dominación. Mis ojos se abren de golpe.
—La prueba continúa —murmura Christian contra mi oído, su voz está tan cerca que siento cada vibración en mi cuello—. Pero ahora será diferente.
La cámara se ilumina con una claridad sobrenatural. No hay velas. No hay fuego. Solo la energía pura que emana de Christian, como si él mismo fuera la luz que me sostiene.
Los guardianes que me observaban desde las sombras desaparecen. Está decidido: esto es entre nosotros.
—¿Qué significa esto? —pregunto, tratando de mantener mi voz firme, aunque mi cuerpo tiembla contra el suyo.
—Significa —dice, girándome para que lo enfrente directamente— que la lealtad no solo se prueba con fuego externo. También con fuego interno.
Sus ojos oscuros arden cuando me mira. No hay frialdad en ellos ahora. Solo un hambre que refleja la mía.
Christian me arrastra hacia un rincón de la cámara donde la roca forma un asiento natural. Me empuja suavemente hasta que caigo sobre la piedra. Luego se arrodilla frente a mí y sus manos toman mis muñecas.
—Necesito que entiendas algo, Lina —su voz suena grave, casi peligrosa—. Viste a Tatiana en mi oficina. Viste que me permitía ciertas... cercanías.
Mi mandíbula se tensa. No quiero hablar de eso. No quiero recordar el dolor que sentí.
—Eso no es de tu incumbencia —respondo con frialdad, intentando retirar mis manos.
Pero Christian no me suelta. En cambio, sus labios se curvan en una sonrisa que es puro pecado.
—¿No? —pregunta, acercándose hasta que nuestras frentes se tocan—. ¿Entonces por qué estuviste escuchando detrás de la puerta? ¿Por qué tu corazón late así de rápido ahora mismo?
Siento el calor trepar por mi cuello. Debo estar roja como una brasa.
—Porque no sabía si podía confiar en ti —susurro, intentando sonar desafiante pero termino sonando solo vulnerable.
—Bien —dice Christian, soltando mis muñecas para pasar sus manos por mis muslos—. Porque la confianza es lo que se prueba aquí. Y yo necesito que confíes en que tú eres la única que me importa en esta maldita manada.
Me besa entonces, y es diferente a todos los besos anteriores. No es un acto de poder o control. Es una admisión. Una rendición.
Sus labios son suaves pero insistentes, devorándome mientras sus manos suben lentamente por mis costados, trazando líneas de fuego en mi piel. Yo deslizo mis manos sobre su cabeza, enterrando mis dedos en su cabello oscuro.
—¿Qué hago contigo? —murmuro contra sus labios—. Vine aquí por venganza, no por... esto.
—¿Por esto? —termina Christian, separándose apenas para mirarme a los ojos—. Yo vine aquí por ti. Por que Tatiana solo es una distracción. Un juego de poder para mantenerme cuerdo mientras tú estás aquí, destruyendo todas mis malditas reglas.
Mis manos tiemblan. Las pongo sobre su pecho, sintiéndolo respirar.
—Ahora eres mía, Lina. No por el pacto. No por el relicario. Porque lo elegiste.
—Eso es arrogancia —susurro, pero ni yo misma me creo.
—Eso es verdad —responde, besándome de nuevo.
Esta vez es diferente. Me levanta sin esfuerzo y me pone contra la pared fría de la cueva. Mi cuerpo reacciona instantáneamente, arqueándose contra el suyo. Sus manos bajan hasta mis muslos, levantándome lentamente.
—Si pasas esta prueba —dice entre besos en mi cuello—, si demuestras que puedes resistir el fuego sin quebrarte, entonces serás libre para irte cuando quieras. Nada te detendrá.
—¿Y si no? —pregunto, aunque sé que la pregunta es puro teatro.
—Si no pasas —murmura, sus labios encuentran el punto exacto donde mi cuello se encuentra con mi hombro—, entonces te quedarás aquí conmigo. Para siempre.
Siento como abre mi blusa con una mano mientras me sostiene con la otra. Siento el aire fresco de la cueva contra mi piel, lo que me hace estremecer.
—¿Cuál es el fuego que me quema ahora, alfa? —pregunto, desafiante.
Christian se ríe, un sonido grave y sensual que resuena en la piedra a nuestro alrededor.
—Tú, pequeña loba. Tú eres el fuego.
Sus manos me masajean, sus labios trazan un camino ardiente desde mi cuello hasta mi clavícula. Mi cabeza cae hacia atrás, golpeando suavemente la roca detrás de mí.
Lo quiero más de lo que quiero el aire. Más de lo que quiero mi venganza.
Eso debería aterrándome. Pero no hay espacio para el miedo cuando Christian está dentro de mí, movimiento tras movimiento, llenándome de una certeza que no viene de la promesa de poder, sino de algo mucho más verdadero.
—Dime que eres mía —exige contra mi cuello, su voz suena ronca por la pasión que nos quema a ambos.
—Soy tuya —grito, sin control, sin orgullo, solo verdad—. Todo es tuyo.
La habitación desaparece. El mundo desaparece. Solo existe el latido de su corazón contra el mío, solo el fuego que nos consume, solo la certeza de que hemos cruzado una línea de la que no hay retorno.
Cuando finalmente nos desmoronamos uno en brazos del otro, la cámara se ilumina nuevamente. Las paredes brillan con un símbolo antiguo que no había visto antes: un círculo entrelazado, la marca de una alianza verdadera.
Christian me sostiene contra su pecho, su mano roza suavemente mi cabello.
—La prueba ha terminado —susurra, y puedo escuchar la sonrisa en su voz—. Has pasado, pequeña loba.
—¿Y ahora qué? —pregunto, respirando aún agitadamente.
Christian se aparta lo suficiente para verme a los ojos.
—Ahora, la manada sabrá que eres mía. Y entonces comenzamos a cazar a aquellos que traicionaron a tu familia. Pero esta vez, no estarás sola.
La promesa en sus palabras es tan oscura y hermosa como el fuego que aún arde entre nosotros.
—¿Incluso si descubrimos que alguien cercano a ti está involucrado? —pregunto, porque lo necesito saber.
Christian besa mi frente.
—Especialmente entonces. Porque tu verdad es mi verdad ahora.
Las puertas de la cámara se abren de golpe. Los guardianes y el consejo están esperando afuera, sus rostros lucen inescrutables. Pero cuando nos ven salir —con Christian sosteniendo mi mano con posesión absoluta— el silencio que cae es diferente.
Es el silencio de la aceptación.
Tatiana está al fondo del pasillo. Nuestras miradas se encuentran por un segundo. Ella ve exactamente lo que necesita ver: que ya no soy una rival. Soy la victoria de Christian.
Su rostro palidece.
—La prueba de fuego ha sido completada —anuncia la madre de la manada, observando a Christian con una expresión que parece contener una sonrisa oculta—. Lina ha demostrado lealtad extrema a nuestro alfa. Ella es bienvenida aquí.
El murmullo de aprobación recorre la multitud. Incluso Lucil asiente, con una sonrisa genuina que me hace sentir que tal vez, solo tal vez, sobreviviré este viaje a través de fuego y sombras.
Pero es lo que Christian susurra en mi oído cuando pasamos frente a los consejeros lo que me hiela la sangre en las venas de una forma completamente diferente:
—Ahora que eres oficialmente mía, Lina, puedo mostrarte lo que realmente buscas. La figura que llegó la noche que nos conocimos... sé exactamente quién es. Y su conexión con la masacre de tu familia es más profunda de lo que jamás imaginaste.
Mi corazón se detiene.
—¿Quién? —pregunto urgentemente.
Christian me aprieta la mano.
—Alguien que creíste que estaba muerto.