El salón estaba lleno. No de ruido estridente, sino de ese murmullo constante que envuelve los eventos importantes: copas que tintinean, risas medidas, conversaciones que nunca llegan a ser del todo sinceras. Valeria se detuvo apenas un segundo en la entrada. El aire olía a perfume caro y a apariencias bien construidas. Y por un instante… dudó. No de estar allí. Sino de cómo encajaba ahora en ese lugar. —Estás perfecta. La voz de Gabriel llegó a su lado, baja, sin invadir. Valeria giró ligeramente el rostro. Él no la miraba de forma insistente. Solo estaba. Y eso… le dio el equilibrio justo para avanzar. —Gracias —respondió, suave. Entraron. Las miradas no tardaron en llegar. No eran descaradas. Pero estaban. Reconocimiento. Curiosidad. Ese leve cambio en el ambiente

