Mientras sonrío, estoy aquí, sentada frente a mi mesa de dibujo otra vez, y no veo nada. Se supone que debería estar trabajando en este proyecto para la familia Gutiérrez. Son personas majísimas con las que hemos compaginado varios trabajos desde que abrimos el estudio.
Laura me mira pensando si voy a terminarlo o no, porque llevo semanas distraída. Me observa, suspira y dice:
—Vale, céntrate. Necesitamos que esto salga… y que salga bien.
Revuelve los ojos hacia el frente, y hago como si sus palabras cayeran en un pozo vacío. Sé que necesitamos este proyecto, pero en este momento solo pienso en qué voy a regalarle a mi marido en nuestro tercer aniversario.
Porque no todo ha sido malo.
También hemos tenido momentos buenos. Que la noche de boda no fuera la mejor no significa que nuestra luna de miel no lo fuera. Nos fuimos solos, él y yo, y durante esos días me sentí la mujer más feliz del mundo. Decidimos que no habría llamadas de trabajo, ni proyectos, ni nada que interrumpiera esa semana. Y fue hermoso.
Cada cumpleaños, cada aniversario en estos tres años, cada proyecto que ha salido bien, lo hemos celebrado juntos, como si ambos hubiéramos trabajado en ello. Decir que mi vida es completamente vacía sería como tirar piedras contra mi propio tejado.
Pero cada vez se me hace más cuesta arriba esta monotonía. Ni un “te quiero”, ni un “buenos días”, ni un beso al despertarme.
Sabía que Adrián era frío. Siempre lo supe. En el fondo sabía que no podía esperar gestos de caballero de alguien que no es así. Pero mi pobre corazón sigue pensando que, a veces, podría darme un poco más de lo que me da.
De todas formas, hoy es nuestro tercer aniversario y tengo una sorpresa preparada. He contactado con viejos compañeros de la universidad, del instituto, y mi familia ha sido cómplice. Le he organizado una pequeña fiesta. Él cree que será una cena íntima y romántica para dos… pero no está preparado para todo lo demás.
Incluso he contactado con Alba, aquella chica de la que se rumoreaba en el instituto que salía con él. Adrián siempre me juró que nunca pasó nada, pero los rumores existen… y a veces pesan.
Mi madre me mira más de una vez como si quisiera retomar aquella conversación que tuvimos antes de mi boda. Yo siempre le digo que soy feliz. Ella sabe, por mis ojos vacíos, que no siempre lo soy. De hecho, casi nunca.
Pero los momentos vividos con él pesan más. No me veo en otro lugar que no sea a su lado. Volvería a elegirlo, incluso sabiendo todo lo que hemos pasado. Porque no todo ha sido color de rosas. Estas rosas tienen muchas espinas.
Imagínate cuál fue mi sorpresa cuando llegué a casa y no lo encontré. Todo estaba preparado. Teníamos que presentarnos en el restaurante que había reservado solo para nosotros.
Lo llamé una vez.
Lo llamé dos veces.
Lo llamé tres veces.
No respondió.
A la cuarta llamada me dijo que estaba de camino al restaurante, que nos encontraríamos en la puerta, que el nuevo proyecto del paseo era más complicado de lo que pensaba y que lo sentía mucho. Me prometió que tenía un pequeño detalle para mí y que aquello no volvería a pasar.
Llegué.
Y cuando llegué, la sorpresa ya había comenzado.
Había entrado solo. Las luces estaban encendidas, el confeti en el aire, todos celebrando. Pensaban que habíamos llegado juntos.
Me quedé mirando la escena desde fuera, como si estuviera viendo una película lejana. Pensé en irme… pero ya habían gritado sorpresa, ya lo habían abrazado. No podía detener aquello.
Durante un momento noté que él se dio cuenta de que yo no estaba allí. Buscaba con la mirada entre los invitados. Sonreía, saludaba, pero me buscaba.
No me vio.
Lo sé porque me quedé parada frente al restaurante durante cinco minutos antes de entrar. Se me escaparon unas lágrimas. Arruinaban mi vestido, mi maquillaje… pero al final no pasó nada. Respiré hondo y entré.
Saludé a todo el mundo, incluso a Alba, que parecía disfrutar demasiado de aquella escena y de la distancia evidente entre nosotros.
Adrián me vio. Me dio un beso largo, apasionado, como marcando territorio, como diciendo que también estaba allí, que yo no estaba sola, que me amaba.
Pero yo supe que no era lo mismo.
Sacó una caja de terciopelo azul. Todos formaron un círculo a nuestro alrededor. Yo quedé en el centro.
—Este es mi regalo de tercer aniversario. Perdona el retraso.
Sonreí. Lo abrí. Era una gargantilla preciosa.
—Es lo mínimo que te mereces por todo lo que aguantas conmigo —dijo.
Lo abracé. Mi madre observaba todo desde lejos, siendo cómplice silenciosa de lo que nadie más parecía notar.
Después de cenar, bailar, brindar y compartir la noche, recibí un mensaje suyo.
“Tenemos que hablar. Haz un hueco en tu agenda y ven a casa a tomar un café.”
Cerré el móvil. Tomé a Adrián de la mano y nos fuimos a casa. Podría decir que fue una noche apasionada… pero no lo fue. Dormimos juntos, sí, pero había una distancia que ni el calor de su cuerpo pudo borrar.
A la mañana siguiente me desperté y encontré mi desayuno favorito preparado.
—Tenemos que hablar —dijo.
Tragué saliva.
—Tienes razón… hace tiempo que tenemos que hablar.
—Necesito que hoy vuelvas temprano a casa. Estaré allí. Las cosas no pueden seguir así.
Me sorprendió que saliera de él. Pensé que iba a pedirme el divorcio.
Me fui a trabajar con esa sensación en el pecho. Llamé a mi madre y le dije que esa noche no podría ir a tomar café con ella, que tenía una conversación pendiente con Adrián, pero que al día siguiente, sin falta, iría a verla antes de trabajar.
Aceptó. Noté por su voz que no estaba tranquila, pero me comprendió.
Y así, con ese nudo en la garganta, salí del trabajo rumbo a casa, esperando encontrar los papeles del divorcio sobre la mesa.