La mañana en la oficina de Adrián había comenzado como cualquier otra. Informes abiertos sobre la mesa, varias llamadas pendientes y el sonido constante del teléfono que Ricardo respondía desde el despacho contiguo. La empresa había crecido demasiado como para permitirse mañanas tranquilas, y Adrián llevaba más de una hora revisando cifras sin levantar la vista del ordenador. Pero su concentración no era la de siempre. Había algo en su cabeza que se repetía una y otra vez. La conversación con Valeria la noche anterior. La forma en que habían vuelto a encontrarse. La promesa silenciosa de empezar de nuevo. Por primera vez en mucho tiempo, Adrián sentía que algo dentro de su vida se estaba reordenando. El interfono de su mesa sonó. —Adrián —dijo la voz de Ricardo—. Tienes cinco minu

