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1652 Words
CAPÍTULO 3 Mi primer día cómo secretaria es mejor de lo que pensé. El día ha transcurrido sin mayor notoriedad. Durante la mañana mi jefe estuvo encerrado en la oficina con su primo, Nico, y siendo las últimas horas de la faena, no hay mayor alteración. Golpeo mi bolígrafo con ansiedad, he cumplido con mis deberes, que hasta la novedad, son iguales a lo que hacía antes. Sólo que sin la molesta interrupción de Nella. —¡Señorita Santiago! —escucho, por primera vez en el día. Siento como empiezo a sudar en cantidades no usuales, como si una capa de agua me hubiese empapado. ¿Cómo puedo generar sudoración en estás cantidades tan absurdas? No debería estar tan nerviosa, precisamente, por un hombre al cual veré a diario. Ese no es el look que quiero dar para mi primer día. No. Seco mi rostro limpio libre de maquillaje, para dirigirme a la oficina de su jefe. Doy pasos tan pesados que se siente como si como tuviese bloques enganchados en cada pie. —Buenos días —saludo con impulso, transcurren unos tortuosos segundos para darme cuenta de un leve detalle: ya es de tarde. Hace unas escasas horas, he compartido un buen almuerzo con mis amigos que me han actualizado con las nuevas noticias del día. Una de ellas es que claro, sigo encabezando la lista de las más odiadas. Esto no me lo dijeron mis amigos, no serían capaces de hacer nada que pudiera lastimarme. Una amiga de Nella habló un “poco” demasiado alto cuando le pasé por el lado. Mera “casualidad”. Cuestionando la decisión del señor Donovick ante el supuesto “despido injustificado” de Nella. No existe nada acerca de despido injustificado en la situación de Nella, pero ellos no saben lo que sucedió. Sus castigos serán seguir divulgando rumores falsos acerca de una situación que desconocen. Al instante que pronuncio “buenos días” en plena tarde, quiero esconder la cara con las palmas de mis manos. Con ligereza, el rostro se me torna un patético rojizo, evidencia de su vergüenza. Esto lo se porque mi cuello se calienta en conjunto con mi cara. Aprieto mis labios y me paro ante su jefe que me observa con curiosidad. —Buenas tardes, señorita Santiago —me saluda mi jefe con su despectiva frialdad—. ¿Puede sentarse, por favor? —señala, como si estuviese agotado de tener que recordarme que no debo postrarme frente a él como un militar. —Sí, claro —contesta de inmediato, bajo los vigilantes ojos de su jefe que me someten a un duro escrutinio. —Necesito que te encargues del regalo de bodas de la señorita Sade. Le encargué eso a Nella hace dos semanas. Supongo que ella olvidó designarte esa tarea también —expresa con ironía. Mantengo esa idea. Sí. Lo más probable es que a Nella se le había olvidado designarle esa tarea también. —¿Qué regalo exactamente debo de comprar? —inquiero en murmullos. Donovick ladea la cabeza con una mueca pensativo, por eso creo que había dejado en manos de su exsecretaria la tarea del regalo. Se nota que no se le ocurre en nada que le causara verdadero entusiasmo a Sade. —No lo se, ¿Qué se le regala a una persona que lo ha tenido todo? —deja salir Donovick, sorprendiéndome con su espontaneidad. Haber trabajado al par de Nella me dejó una sola cosa buena: enterarme de todos los chismes, en contra de mi buena voluntad. Me enteré que Sade lo tiene absolutamente todo en la vida: salud, belleza envidiable, buena familia y una adinerada economía. Sin contar con todo lo demás, ha experimentado un cúmulo de privilegios que no todos pueden experimentar. Donovick, siendo su amigo de toda la vida, siempre le había regalado cosas que nadie más le podía dar. En el sentido que, él sabía lo que en realidad le apasionaba a ella. Todos dicen que compartían una conexión especial. Tenían una especie de relación única. ¿Pero, qué clase de relación? Porque según los mejores rumores infundados por la socialite, Sade le consideraba el más especial de los amigos, ese que podía adivinar lo que removiera su alma. Esa era la cuestión, ya le había dado todo. Así que, ¿Qué podía hacer yo al respecto? ¿Qué le podía regalar a la mujer que recibió un Rolls-Royce a sus dieciséis años de edad y no se inmutó ante el regalo? —¿No hay una lista de regalos? —pregunto. —La hay, le compré el primer regalo que encabezaba la lista, sin embargo, quiero algo más personal para ella. Fue eso lo que le encargué a Nella. —Oh —exclamo, sorprendida, de verdad le importa. —No lo sé, señorita Santiago. Estoy seguro que a usted algo se le ocurrirá. Puede buscar por internet sobre ella, seguro que puede descifrar algo acerca de su personalidad —agrega desinteresado, y es que con honestidad, opino que tener que vivir el proceso de ver a la mujer que se supone que compartiría su futuro casarse con otro, seguro que era tedioso. Si yo estuviese en sus zapatos ignoraría toda la situación, no acudiría al evento y seguiría con su vida. Sin embargo, adivino que no presentarse a la boda significaría para los demás que estaba resentido, y no creo que él le daría a nadie ese placer. Estrecho mis ojos mordiendo sus labios aguantando unas palabras de queja. ¿Me está pidiendo que investigue a la mujer que ama? ¿No es más fácil decirme que debo comprar? ¿Aunque sea darme una idea? Ya sabía que es un hombre ocupado, pero, ¿Está el hombre tan dolido como para dejarme la tarea a mí, a una desconocida? Quisiera tomarme alguna pastilla para dejar de sobre pensar como loca. No puedo evitarlo, me causa demasiada curiosidad. —Le daré un bono —dice Donovick. Contengo un suspiro y la pregunta del monto—. Será el triple de su sueldo. El suspiro sale de mi sistema con disimulo, si tengo que investigar a la mujer como un fanático a una superestrella, lo haré como la mejor fanática. —Yo… me encargaré —afirmo, intentando no lucir demasiado consternada ante el hecho de que voy a ganar una gran suma de dinero. Eso significaba cosas buenas. Significaba un abono a la deuda de mi padre. Con las manos sudorosas me seco las palmas sobre el dobladillo de la anticuada falda. Mi jefe pronuncia apenas un débil “bien”. Señal de que ya es hora de marcharse. Con el fervor agitando mis extremidades, me levanto de la silla para dirigirme a la puerta, despidiéndome de mi jefe en un leve susurro. Ya es suficiente con la que considero larga e incomoda charla que intercambiamos. Antes de que Olivia cierre la puerta, Donovick levanta la cabeza de los papeles como si una idea se ha encendido en su cerebro como a un foco de luz. —¿Tiene usted un vestido de gala, señorita Santiago? —pregunta, aunque en vano. Noto con rapidez que ha sido una pregunta por impulsividad. Porque al instante de formular la interrogante nota su error, pues me mira de arriba abajo echándose para atrás, con sus labios sin expresión. Sin que se lo diga, el ya sabe la respuesta es no. —¿Un vestido de… —me pregunto más para mí misma confundida, buscando las palabras correctas para responder, pero no las hallo—. No, señor, no tengo. —Cómprese uno. Tiene la extensión de mi tarjeta a su disposición. —No veo… no veo para que necesitaría un vest… —Me va a acompañar a la boda de Sade, señorita Santiago. —Yo, ¡¿Qué?! —exclamo elevando la voz más de lo usual. Él me ve con la certeza del que no tiene ninguna inseguridad. —Supongo que necesitará unos tacones, todo lo demás… Lo que usted considere necesario. La boda es en Italia, para que tenga una idea de lo que debe de usar. —Señor… —Le daré pagaré por las horas, Olivia —dice, lejos, pero sin importar a la distancia, podía sentir sus ojos quemarme. Que me haya llamado por mi nombre me ha dejado sin respiración. —Eso es mucho dinero, señor Donovick —susurra, tratando de ser prudente. —Tengo mucho dinero —dice, restándole importancia—. Puedo facilitarle la ayuda de un estilista —reitera. No siento que sea una idea ofensiva, se nota que necesito la asesoría de un estilista, pero no quiero tantas molestias. —No es necesario. —¿Está usted segura? —Esto… Mi amigo Ben me ayudará —declaro, metiendo en problemas al hombre que desconoce en lo que lo he metido. Aunque se que le encantará. Con alivio, veo que el señor Donovick relaja los hombros al escuchar el nombre de Ben. No lo juzgo por confiar más en el estilo de él que en el mío. —De acuerdo. Compre todo lo que usted lo que utilizará para ese día, si necesita algo, hágalo. No olvide el regalo —resuelve sin importancia. —Está bien, señor Donovick. Me encargaré —asiento con la cabeza una sola vez para despedirme por segunda vez. —Cierre la puerta al salir, por favor —contesta indiferente. Al cerrar la puerta tras de mi, me quedo inmóvil frente al escritorio. Dinero. Un suma de dinero que jamás he tenido en manos, eso aliviaría una parte de la deuda que le respira en la nuca. La compañía. Lo real es que una secretaria debe de asistirte, eso es lo que haré. Seré la compañía que necesita para la ceremonia que no resultará más que un tortuoso día. Los dos vamos a ganar algo. ¿No es así? O al contrario… ¿Podríamos perder?
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