Desde la mirada de Valrick
Los sueños de Valrick eran rojos.
No por sangre.
Sino por vergüenza.
Veía a Elyra en todos ellos. A veces con su corona, otras con el cabello suelto como una niña. A veces sonreía. Otras lloraba. Pero siempre, siempre, lo miraba como si lo hubiera perdonado.
Y eso era lo peor.
Porque él no quería perdón.
Solo olvido.
Despertó en la cámara oscura del templo caído, donde los cazadores de sombras entrenaban sus almas para resistir la magia. A su alrededor, los fantasmas del pasado susurraban su nombre, arrastrando cadenas invisibles.
—Kael volvió —dijo un eco.
—Volvió por ella —dijo otro.
—¿Y tú? ¿A quién sirves ahora?
Valrick cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y se obligó a recordar el momento en que todo cambió.
Cinco años antes, en la Torre de Sangre.
Elyra acababa de liberar el grimorio prohibido.
Las paredes temblaban. El aire sangraba. Los dioses antiguos, los que dormían bajo la realidad, abrían los ojos por culpa de su reina.
—¿Sabes lo que estás haciendo? —le preguntó Valrick, jadeando, mientras cuerpos ardían a su alrededor.
Elyra, de pie sobre el altar, con la corona torcida y los labios partidos, murmuró una sola palabra en un idioma muerto.
Y la realidad se dobló.
Valrick cayó de rodillas. No por debilidad. Por terror.
La había visto a ella, no como reina… sino como algo más.
Como una puerta viva.
—¿Tú crees que estás salvando Therya… —le gritó— …o solo lo estás remodelando a tu imagen?
Ella lo miró. Con tristeza.
—¿Tú crees que esto es una elección? —respondió—. El mundo ya está roto, Valrick. Yo solo estoy dejando entrar la verdad.
Él lloró.
No lo supo entonces, pero lloró.
Y en la siguiente noche, la entregó.
No por odio.
Ni siquiera por miedo.
La traicionó porque vio lo que vendría si ella ganaba.
Y se convenció —o quiso convencerse— de que al hacerlo… salvaba al mundo de sí misma.
Ahora, cada vez que ve su reflejo en el acero, no ve un héroe.
Ve un cobarde que aún ama a una reina que jamás dejará de desafiar a los dioses.
Y a un hermano, Kael, que no puede perdonarlo… porque nunca lo va a entender.
Valrick se puso su yelmo. La lanza brilló de nuevo.
—Perdóname, Elyra —susurró al viento.
Y caminó hacia la pelea.