El templo era una danza de muerte y fuego.
Kael y Valrick giraban como estrellas en colisión, acero contra acero, ira contra historia. Las sombras convocadas se habían desvanecido, pero el verdadero peligro nunca fueron ellas.
Fue siempre Valrick.
—¡Tú no peleas por ella! —gritó, la lanza envuelta en humo oscuro—. ¡Peleas por una versión tuya que nunca existió!
Kael rugió, embistiendo con toda su fuerza. Su espada cortó la lanza en dos.
Silencio.
Nira jadeaba entre ruinas, sin fuerzas para moverse. Solo podía mirar.
Kael avanzó.
—Se acabó —dijo, con la hoja temblando en su mano.
Valrick sonrió.
—Sí. Para ti.
Desde la manga, sacó una daga corta, negra como la noche entre estrellas, grabada con un solo nombre: Kael Dren.
Y la hundió en su costado.
El acero atravesó carne, músculo, alma.
Kael dio un paso atrás. Su espada cayó. La sangre brotó como si llevara años esperando escapar.
Nira gritó.
—¡NO!
Valrick lo sostuvo por el cuello con una mano, cara a cara.
—Te lo advertí. Ella ya no es tu reina. Es una fuerza que ni tú puedes contener.
Kael apenas podía hablar.
Pero lo hizo.
—Entonces... ¿por qué tienes miedo?
Valrick lo soltó, y Kael cayó al suelo como una montaña herida.
—Porque te conozco —susurró Valrick—. Y sé que vas a levantarte.
—Y eso es lo que más me aterra.
Y sin mirar atrás, desapareció entre las sombras.
Nira corrió hacia Kael. Cayó de rodillas, desesperada, tratando de detener la sangre con manos temblorosas.
—¡No te atrevas a morir, bastardo! ¡Me debes respuestas, una recompensa y, joder, una disculpa!
Kael abrió los ojos con esfuerzo.
—¿Tú... siempre hablas así... cuando salvas a alguien?
—¡Cállate! —le dijo, pero los ojos le brillaban de rabia y miedo—. Cállate y no te mueras.
Y en la distancia, por primera vez, el cielo crujió con un trueno extraño.
Como si algo —o alguien— se hubiera despertado.