El rey de los licántropos

2226 Words
Elara termina su desayuno con rapidez, limpiándose los labios con una servilleta antes de levantarse de la silla. Sus ojos se clavan en la sirvienta, quien sigue de pie con la mirada baja, a la espera de nuevas órdenes. —Llévame con ese rey —ordena Elara con voz firme. La mujer inclina la cabeza en una reverencia sutil antes de asentir con respeto. —Sígame, por favor, SuperLuna. Elara frunce el ceño y gira la cabeza hacia Matías, quien la observa desde su asiento con una sonrisa enigmática. —¿Por qué me llama así? —pregunta, cruzándose de brazos. Matías mantiene su mirada fija en ella, su expresión indescifrable. —Porque eres nuestra SuperLuna. Elara exhala con frustración. —¿Eso se supone que debe significar algo para mí? —Todo, mi reina —responde él con una calma inquietante. Rodando los ojos, Elara se pone de pie. No entiende qué demonios significa ese título ni por qué insisten en llamarla así, pero una sensación de desconcierto se enrosca en su pecho. Matías no añade nada más, solo se levanta tras ella y la sigue en silencio. Mientras avanzan por los pasillos del palacio, Elara no puede evitar fijarse en la grandeza del lugar. A lo largo de las paredes cuelgan retratos de lo que parecen ser antiguos reyes, sus rostros capturados con un realismo impresionante. Los lienzos, al principio desgastados y amarillentos por el paso del tiempo, parecen volverse más nítidos y vibrantes a medida que avanza, como si cada obra contara una historia que se acerca al presente. Al salir del pasillo, llegan a un salón que irradia una elegancia majestuosa. Los detalles dorados resaltan en cada rincón, desde los marcos ornamentados hasta los finos relieves que decoran las columnas de concreto que rodean el espacio. En un lado del salón, destaca un hermoso piano de cola blanco, acompañado por un taburete acolchado a juego, un rincón que emana serenidad y refinamiento. —Síganme por aquí —dice la sirvienta, señalando el lado izquierdo del salón, donde un pasillo se abre hacia otra sección del palacio. Al entrar, el aire se siente más fresco, impregnado con un aroma sutil a madera antigua y flores silvestres. Enormes jarrones de porcelana, repletos de lirios y gardenias, están estratégicamente colocados a lo largo del recorrido, llenando el espacio con su fragancia delicada. A medida que avanzan, sus pasos se sienten insignificantes ante la inmensidad del lugar, un silencio que solo es roto por el leve crujido de la madera y el eco de su propia respiración. El recorrido los lleva hasta una gran escalera de madera oscura que desciende en una elegante curva hacia un amplio vestíbulo. Luego de bajar las escaleras, y antes de que puedan seguir hacia el ala derecha, Elara se detiene al notar una escena en el exterior, más allá de las puertas abiertas que conducen al jardín. En el centro del césped bien cuidado, dos hombres se enfrentan en un duelo de esgrima. Uno de ellos, un señor de cabello canoso que viste un uniforme verde, propios de los soldados de la milicia australiana, maneja su espada con destreza y precisión. Su adversario es un joven de complexión delgada, pero de musculatura bien trabajada, con la piel pálida y el cabello castaño oscuro cayendo en ondas suaves sobre sus orejas. Los movimientos del joven son ágiles, elegantes, pero en el momento en que sus ojos hacen contacto con los de Elara, pierde el ritmo y su contrincante aprovecha la distracción para colocar la punta de la espada contra su pecho. Con una respiración pesada, el chico retrocede y desvía la mirada, sin mostrar mayor interés por ella. Sin decir una palabra más, la sirvienta sigue caminando y Matías le indica a Elara que continúe. Cruzan un corto pasaje y se detienen frente a una gran puerta doble de madera que está tallada con diferentes fases de la luna. La sirvienta empuja las enormes puertas y las abre con un esfuerzo medido. El salón del trono es un espectáculo en sí mismo. Techos altos se elevan sobre ellos, sostenidos por imponentes columnas de piedra blanca pulida. En las paredes, antorchas arden con fuego danzante, proyectando sombras vibrantes y llenando el recinto con una calidez imponente. Al fondo del salón, sobre una plataforma elevada, se alza el trono del rey, una majestuosa pieza tallada en madera oscura, adornada con intrincados detalles en oro envejecido que reflejan el linaje y la autoridad de su ocupante. El salón del trono es un espectáculo en sí mismo. Techos altos se elevan sobre ellos, sostenidos por imponentes columnas de piedra blanca pulida. En las paredes, antorchas arden con fuego danzante, proyectando sombras vibrantes y llenando el recinto con una calidez imponente. Al fondo del salón, sobre una plataforma elevada, se alza el trono del rey, una majestuosa pieza tallada en madera oscura, adornada con intrincados detalles en oro envejecido que reflejan el linaje y la autoridad de su ocupante. Sentado en el trono, el rey observa con una mirada serena pero penetrante. Su presencia impone respeto sin necesidad de palabras. Su cabello, de un tono castaño entremezclado con hilos plateados, está peinado hacia atrás, y su barba bien recortada realza la firmeza de su mandíbula. A pesar de sus aproximadamente sesenta años, su porte sigue siendo robusto y digno, con una espalda erguida y manos fuertes que descansan sobre los apoyabrazos del trono. Sus ojos, de un azul profundo, reflejan sabiduría y una autoridad incuestionable, pero también la astucia de un hombre que ha gobernado por mucho tiempo. Viste un atuendo de tonos oscuros con detalles dorados, un abrigo largo de tela pesada que cae hasta el suelo, reforzando su imagen de líder absoluto. Frente al trono, de pie con una postura relajada pero digna, hay un hombre de piel morena y cabello encrespado. Su mirada se posa en Elara y una sonrisa cortés se dibuja en su rostro. —Bienvenida, SuperLuna. —La voz grave y solemne del rey resuena en el salón, imponiendo su presencia—. Soy Aleron Noctis, rey de todos los licántropos. Elara frunce el ceño al escuchar aquel título que no comprende. —Supongo que usted podrá explicarme qué hago aquí. ¿Qué quieren de mí? El rey la observa con una intensidad enigmática. Sus ojos azules parecen analizar cada matiz de su expresión, como si ya esperara aquella pregunta desde el momento en que ella puso un pie en su palacio. Una leve sonrisa asoma en sus labios. Antes de que pueda responder, la puerta se abre de nuevo, y todas las miradas se dirigen hacia la entrada. Haruki aparece con su característica sonrisa altanera. —No empiecen la reunión sin mí —dice con tono ligero, como si el ambiente no estuviera cargado de solemnidad. Elara desvía la vista de él y regresa su atención al rey. —Explíqueme —insiste—, ¿qué hago aquí? EL rey Aleron asiente con calma y entrelaza los dedos sobre su regazo. —Cada ciento cincuenta años, cinco Doppelgänger nacen en diferentes partes del mundo —dice el rey, señalando a los tres hombres que están de pie a un lado de Elara. Elara frunce el ceño, tratando de procesar sus palabras. —¿Dopple… qué? Pensé que ustedes eran hombres lobo. El rey asiente, con una ligera sonrisa, sorprendido de que ella ya sepa ese detalle. —Y lo somos. Pero algunos de nosotros somos más que eso. Un Doppelgänger es un alma destinada a renacer una y otra vez, conservando fragmentos de sus vidas pasadas, habilidades que trascienden el tiempo y un propósito ineludible: mantener el equilibrio de nuestra especie, reinando junto con nuestra SuperLuna. Deja que sus palabras se asienten antes de continuar: —El primero de esta generación nació en 1884, dentro de la manada del Congo, África. —Señala al hombre de piel oscura y mirada calculadora a su derecha—. El general Badru Chará, un estratega brillante y un líder nato, reconocido como el primer SuperAlfa. —Es un honor presentarme ante usted —dice Badru con una leve inclinación de cabeza. —Tres años después, en un bosque al norte de j***n, nació nuestro segundo SuperAlfa: Tanaka Haruki. —El rey le dedica una mirada fugaz al recién llegado—. Su don es excepcional: puede leer las emociones de los demás con una precisión inigualable. —Ya tuvimos el placer de conocernos —interviene Haruki, guiñándole un ojo a Elara. Ella se sonroja al instante, mientras el resto de los SuperAlfas intercambian miradas incómodas. —Un año más tarde, en la selva amazónica, nació Matías Valverde. —El rey señala al hombre piel canela y corpulento que vino acompañando a Elara—. Su conexión con la naturaleza es inquebrantable; conoce estos bosques y muchos otros como la palma de su mano. —No solo tuve el placer de conocerla, sino que compartimos su primer desayuno —comenta Matías con orgullo y un matiz de picardía. Sus palabras generan incomodidad entre los demás. El rey es el único que observa la escena con cierta diversión. —Y el más joven de todos, nacido solo unos meses antes de la esperada SuperLuna… —La voz del rey adquiere un matiz más profundo mientras posa su mirada en el grupo de SuperAlfas; frunce el ceño—. En el bosque de Highgate, en Londres, emergió el último SuperAlfa: Patric Jepherson, líder de la manada Ravenshade. En ese instante, la puerta del salón se abre de golpe, como si no pesara nada. Elara se gira hacia la entrada, y ahí lo ve de nuevo. El espadachín del jardín. Su torso desnudo reluce bajo la luz de las antorchas, el sudor resbalando sobre su piel marcada por músculos firmes y vello rizado que se extiende por su pecho. Su respiración aún es pesada, como si hubiera corrido o salido de un enfrentamiento reciente. Y cuando sus ojos azules conectan con los de Elara, ella no puede evitar pensar en lo atractivo que es. —Siempre creyéndote el más esperado por todos, ¿no, Patric? —suelta Haruki con una sonrisa burlona. —Cierra el hocico, Tanaka —le espeta Patric con desprecio mientras avanza hasta su lugar junto a los demás. —Llegas tarde —dice el rey, su tono rozando la molestia. —Mis disculpas, su majestad. —Patric inclina la cabeza con respeto, mantiene la mirada agachada—. Ya sabe cómo me pierdo en medio de una batalla. —No puedes distraerte de esa forma, y menos si buscas agradarle a tu SuperLuna. A ver si esta vez logras lo que nunca has podido hacer… Las risitas de los otros SuperAlfas resuenan en el salón. Patric aprieta los dientes, conteniendo su molestia. —¿Falta uno más? Mencionó que eran cinco Dopper… —Elara tropieza con la palabra, aún extrañada por su significado. Es la primera vez que la escucha. El rey Aleron asiente con calma, su mirada cargada de certeza. —La quinta eres tú, nuestra tan esperada SuperLuna. También has renacido. En otra vida llegaste al mundo bajo el nombre de Elizabeth Lochte, pero eres exactamente la misma: la misma apariencia, la misma esencia…, una réplica perfecta. Elara siente un escalofrío recorriéndole la espalda. —No… No puede ser… El rey continúa sin inmutarse: —Pronto empiezas a recordar tu pasado. Tenlo presente y, por favor, no te asustes cuando suceda. Aleron hace una pausa, permitiendo que sus palabras calen en ella antes de continuar: —Estos son tus actuales SuperAlfas. Solo existen cuatro manadas y, por tanto, cuatro SuperAlfas, pero solo podrás elegir a uno como tu rey y gobernar a su lado como su compañera. Ellos no son como los líderes Alfa que han gobernado en las últimas décadas. Ellos poseen un don único… un poder que solo se activa con la SuperLuna. —Aleron la observa fijamente antes de pronunciar las palabras que hacen tambalear su mundo—. Tienes un poder sobrenatural, Elara Stokes. Elara parpadea, aturdida. No solo la desconcierta que el rey conozca su nombre. No solo la deja sin aliento el hecho de que asegure que es la reencarnación de alguien más. Lo que realmente la estremece es la revelación de que, al igual que ellos, ella también posee un poder sobrenatural. —Creo que se equivoca, «rey de los licántropos» —responde con desdén—. Yo no tengo ningún poder. Debe haber otra SuperLuna, porque yo no lo soy. Aleron esboza una media sonrisa. —En algo tienes razón, Elara. Hay otra SuperLuna. Esta vez, son dos. Tú… y tu hermana. Elara suelta una risa incrédula. —No tengo hermana. ¿Ve cómo sí está equivocado? El rostro del rey no muestra duda alguna. —Sí que la tienes. Fue arrebatada de los brazos de tu madre minutos después del parto. Las brujas se la llevaron, Elara…, y posiblemente hayan usado su cuerpo en un ritual para traer de regreso a la bruja más poderosa de todos los tiempos. —Qué estupideces está… Elara se queda en silencio. Las últimas palabras de su madre regresan a su mente con una claridad escalofriante: «No se llevarán a mi otra hija». Su pecho se agita. Su mente se llena de preguntas. «¿Realmente tengo una hermana?... ¿Todo esto es cierto?».
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