María Constanza Llegué al apartamento y Natalia se estaba preparando un café. —¡Maco! —Nos abrazamos, en mi grado fue la última vez que la vi. —¡Naty! Qué alegría tenerte en Brasil. Así no me siento sola. Regálame un momento y me cambio. No me demoré mucho. Me di un baño de rapidez, me puse una sudadera, para estar en la casa cómoda y un top, ya que no llegará Santo hasta el lunes. Salí a buscarla para hablar un buen rato. —Ahora sí. Cuéntame, ¿qué haces por estos lares? —Santos no te dijo nada. —negué. —A ese hombre hay que sacarles las palabras. Y casi siempre termino regañándolo y él imponiendo. Esta semana ha sido extraña. Sé la situación de Guille, que tu esposo te pegó. Pero no sé por qué estás aquí. —Debe ser difícil convivir con Santos, él es extrañamente un ermitaño.

