¿Atrapado?

1051 Words
De un movimiento tosco lo arrojaron, cayó de rodillas sintiendo el frío suelo debajo, una bolsa cubría su cabeza, por lo que no podía ver nada. El ambiente era húmedo, un olor a pólvora, plástico y metal llegaba a su nariz. Conocía aquella mezcla de aromas, había visitado un lugar parecido meses atrás, estaba en uno de los almacenes de armas de Frank. - Quítenle esa cosa, quiero ver sus ojos cuando muera- Escuchó la voz ronca del mencionado. Una mano grande le sacó la bolsa sin cuidado alguno, llevándose un mechón de pelo con él. - Auch- Se quejó Alexander, exagerando un poco- ¿Qué no pueden tener más cuidado? Soy cliente vip aquí. Recibió un puñetazo a cambio por su comentario, que lo aturdió unos segundos. Levantó la mirada desorientado, encontrándose con Frank de frente, con su cabello n***o y su característica cicatriz recorriendo parte de su labio inferior y su mandíbula. Los rumores decían que la había adquirido cuando apenas era un pandillero inexperto. Se veía bastante cabreado. - Hola Frank, gusto en verte viejo amigo- Saludó Alexander, escupiendo un poco de sangre tras el golpe. - ¿Amigo? Que yo recuerde los amigos no se roban entre ellos. - Tienes razón, esos son los mejores amigos, siempre pidiendo cosas prestadas sin permiso- Sonrió con burla, mientras Frank le asestaba otro puñetazo por su desfachatez. - Ha- Escupió otro poco de sangre- S… siempre es un gusto hablar contigo. El rubio miró la escena desde una esquina del almacén, con interés, no podía entender como ese ladrón no podía parar de bromear a pesar de la situación seria en la que se encontraba. Otra broma, otro golpe asestado con fuerza en su rostro. Sin duda interesante. - Así que te crees muy gracioso, veremos si sigues con tus estupideces cuando termine contigo. Te prometí que te ahogarías en tu propia sangre. Alexander tosió con fuerza, manchando el suelo con más de ese líquido rojizo. - Así es, pero, eso tomará un tiempo si sigues golpeando como una niña- Rió el castaño, haciendo enfurecer más a su abusador. El de ojos bicolor carraspeó, llamando la atención del narcotraficante, antes de que le diera otro puñetazo al descarado ladrón. - Oh claro, no te preocupes, no me he olvidado de ti- Dijo el hombre de la cicatriz, haciéndole una señal a uno de sus subordinados. Este no tardó en entregarle un bolso al chico, este lo abrió, inspeccionando que todo el dinero estuviese en su lugar. - Está todo, yo si cumplo mis tratos- Habló el narcotraficante- Aunque, me tome la molestia de descontar una parte, ya sabes, por la vida del hombre que hoy me arrebataste. Pero debes estar acostumbrado, ustedes los demonios siempre causan... inconvenientes. - ¿Demonio? - Susurró Alexander para sí, sin comprender la connotación de aquel apodo. El de ojos bicolor se tomó unos segundos antes de contestar. - Entiendo- Asintió, para luego cerrar el bolso. - Un gusto conocerte, amigo. No saltes de edificios tan seguido- Se despidió el castaño, siguiendo su papel de payaso, no les daría la satisfacción a sus captores de verle sufrir o suplicar.  Recibió una mirada confusa a cambio de parte del rubio, que no pudo descifrar. - Mi trabajo aún no ha terminado- Confesó, para la extrañeza de los presentes. Cuando Frank quiso darse cuenta, ya era demasiado tarde, la bala atravesó su cuello con potencia, haciéndole tambalear. - ¿Cómo?... Alexander parpadeó sin creérselo, el rubio apuntaba en dirección a Frank con el cañón de su pistola caliente tras el disparo. - Ahora comienza mi verdadero trabajo. - M... máte...nle ...- Murmuró Luciano sus últimas órdenes antes de caer al suelo, e irónicamente ahogarse con su propia sangre. Sus subordinados no dudaron en comenzar a disparar, pero el chico fue más rápido y certero en sus tiros, terminando en menos de un minuto con los diez hombres que permanecían en la habitación, todos muertos por un disparo en la cabeza. Los ojos chocolates de Alexander no podían estar más abiertos. Fue entonces que comprendió que, de haberlo querido, ese tipo habría acabado con él en el primer momento en que sus ojos se cruzaron. El rubio dejó caer el bolso de dinero frente a sus narices, sacándolo de su estupor. - Tu trabajo como carnada termino, aquí está tu pago por las molestias. - ¿Pago? ¿Carnada? - Le costó procesar la información. - Mi verdadero objetivo era Frank de Luciano, no había tenido la oportunidad de conocerlo en persona, ya que era muy cuidadoso con los que le rodean, usando señuelos que simulaban ser él para protegerse de los asesinos, solo confiando su verdadera identidad a personas de extrema confianza. Entonces me enteré de que uno de sus antiguos empleados, que le conocía en persona, le había traicionado, y que Frank había puesto una suma de dinero muy alta por su cabeza- Explicó los hechos como si fueran algo simple y sin relevancia. - Entonces tú... - Supuse que, al ser la traición, Frank se presentaría en persona cuando el trabajo de la captura del traidor estuviera terminado, y tú mismo confirmaste su identidad hace unos minutos, Alexander Corvus- Habló, mientras se acercaba con las llaves de las esposas y le liberaba. El castaño, parpadeó un par de veces, sorprendido con todo lo que acababa de oír y ver. Sobando sus adormecidas manos. - Entonces lo único que tenías que hacer, era capturarme y traerme frente a él- Comprendió por fin el ladrón, levantándose y limpiando la sangre de su boca- ¿Puedo saber al menos quién te contrató? Debe ser alguien poderoso para mandar a matar a Frank, era el tercer narcotraficante más exitoso del país. - ¿Quieres conocerle en persona? Puedo llevarte con él - Propuso el rubio, extendiéndole un pañuelo. Su mirada se había suavizado un poco, ya no había rastro del asesino a sangre fría que había visto hace unos momentos, aunque, aún mantenía un semblante neutral. Chico extraño, pensó Alexander mientras aceptaba la tela y limpiaba la sangre en su rostro, pero no por eso menos interesante. - Si prometes que no me asesinaran, iré- Aceptó, después de todo, sentía bastante curiosidad sobre el asunto. - No estás en mi lista, así que no tienes de qué preocuparte-Dijo este con simpleza comenzando a caminar a la salida. Se había equivocado en sus deducciones, el rubio no era un mercenario, era un asesino profesional, pensó, mientras evitaba pisar los c*******s y la sangre que se esparcían por el lugar. Era una suerte no haber estado en su lista. 
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