Escondidos en el bosque

1269 Words
Cuando se bajaron del caballo, Katherine empezó a sentir que todo le daba vueltas. La vista se le nubló y comenzó a tambalearse. Daniel la sostuvo por el brazo para evitar que cayera al suelo y la ayudó a llegar hasta la puerta de la pequeña casa. Después de abrir, ella se derrumbó en sus brazos. A Daniel le sorprendió que hubiera aguantado tanto. La tomó en brazos y la acostó en la pequeña cama que había en la casa, boca abajo, para no lastimarla más de lo que ya estaba. Cuando los guardias lo llevaron a empujones a aquel frío calabozo, le había sorprendido ver a aquella pequeña chica, acostada boca abajo por las heridas que tenía en la espalda. Al verla en el estado en el que se encontraba, quiso ayudarla. Era realmente fuerte por haber aguantado todo el camino hasta su escondite sin desmayarse a medio camino. Jamás habría imaginado que terminaría salvando a una chica mientras cumplía su misión. Al parecer, alguien había informado al rey de que pensaba matarlo, porque cuando entró en la habitación real, minutos más tarde los guardias lo rodearon por completo. Al verse en aquella situación, se dio por vencido y dejó que lo atraparan, ya que escapar de un calabozo era más fácil que huir de la guardia del rey. Por suerte, no lo registraron a fondo y no encontraron lo que había robado. Le había dicho a Katherine que la ayudaría a obtener el poder que necesitaba para vengarse de quienes habían destruido todo lo que amaba, aunque aún no estaba seguro de cómo lo haría. Cuando regresara a su aldea, la matriarca —quien gobernaba aquel lugar— no estaría nada contenta de que la llevara con él, pero eso sería un problema para otro momento. Al tocarla para comprobar cómo se encontraba, Daniel se dio cuenta de que estaba fría como el hielo. La tapó con varias mantas y encendió la chimenea para mantenerla caliente. La casa era pequeña: solo tenía una chimenea, una mesa y una cama. Al no haber mucho espacio, el lugar se calentó rápidamente. Daniel había encontrado aquella cabaña cuando buscaba un sitio seguro donde esconderse después de cumplir su cometido. Estaba oculta en el bosque y debía de haber pertenecido a algún leñador que la abandonó durante el crudo invierno. Había preparado algunas provisiones para permanecer oculto un tiempo: queso, pan, carne seca, patatas, cebollas, zanahorias y algunas manzanas. Comenzó a preparar una sopa con patatas, cebollas y zanahorias en una pequeña olla sobre la chimenea. Revisó si Katherine tenía fiebre y, por suerte, su estado no había empeorado. Ella era pequeña, de cabello castaño oscuro y largo, enredado por el tiempo que había pasado encerrada. Su rostro estaba sucio, así que Daniel tomó un trapo húmedo y la limpió. Al verla mejor, se dio cuenta de que era muy hermosa, aunque se veía algo demacrada. Dormida parecía un hada. Después de observarla un rato, el cansancio lo venció. Cuando la sopa estuvo lista, la retiró del fuego, comió un poco y luego se sentó en el suelo, junto a la cama. No tardó en quedarse dormido. Katherine no sabía cuánto tiempo había estado dormida, pero el dolor en la espalda se había vuelto insoportable y la despertó. Cuando intentó incorporarse, unas manos grandes y fuertes la ayudaron. A través de una pequeña ventana vio que ya era de noche. Había dormido todo el día y aun así seguía cansada. —Katherine, ¿te encuentras bien? —preguntó Daniel por segunda vez. —Me siento fatal —respondió ella—. Me duele la espalda y siento que todo me da vueltas. Era natural que se sintiera así; el tónico que le había dado ya había perdido su efecto. —He preparado sopa. Come un poco, te sentirás mejor. —Puede que tengas razón. Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que comí. Aunque no tenía hambre, se obligó a comer un poco. Cuando terminó, Daniel le dio unos pantalones y una camisa: su ropa estaba destrozada y sucia, pues no se la había cambiado desde el calabozo. Él había preparado un cubo con agua caliente e improvisado un baño con unas matas para que pudiera lavarse y cambiarse sin que él la viera. Katherine se aseó lo mejor que pudo y se puso la ropa, que le quedaba grande, pero era mejor que el vestido roto que yacía en el suelo. Daniel cambió las vendas, limpió las heridas y aplicó la misma pomada que la noche anterior. Luego le dio un té de sabor desagradable que, al cabo de un rato, la hizo sentirse mejor. —¿Cuánto tiempo he estado dormida? —preguntó. —Todo el día. —¿Cuánto tiempo estaremos aquí? —Hasta que tus heridas mejoren un poco. Luego marcharemos al sur de Alvería. Será un viaje largo y cansado. —¿Qué hay al sur de Alvería? —Un mejor clima y la aldea de la que provengo. Debo informar al jefe de que he fracasado en mi misión. Daniel ocultó la verdadera razón de su viaje. Tras terminar de curarla, comenzó a afilar varios cuchillos. Katherine lo observó un rato hasta que el sueño volvió a vencerla. A la mañana siguiente, Daniel ya estaba despierto calentando la sopa que había sobrado. La luz del sol llenaba la cabaña y Katherine pudo ver bien sus facciones: alto, fornido, piel clara, cabello n***o como la noche y ojos grises cautivadores. Era el hombre con el que muchas jóvenes soñaban. Al notar que ella lo observaba, Daniel rió. —¿Por qué me miras así? ¿Te has enamorado de mí? Katherine apartó la mirada. —Es solo que me sorprendí. En el calabozo estaba oscuro y anoche no había mucha luz. Nunca había visto a nadie como tú; tus ojos son poco comunes. —De donde vengo casi todos los tienen grises. Lo verás cuando lleguemos. ¿Cómo te sientes? —Aún me duele, pero es más llevadero. —Me alegra que te recuperes tan rápido. —Dime, ¿cómo es tu aldea? Nunca había salido del palacio hasta que me llevaron a Falowen. Al oír la palabra "palacio", Daniel preguntó: —¿Quién eres exactamente, Katherine? Ella decidió confiar en él. —Soy Katherine Henderson Waltbal, princesa del reino de Algratown. Daniel quedó sorprendido. —¿Cómo terminaste en ese calabozo? Katherine le contó la traición de su tío. Al terminar, Daniel suspiró. —Jamás imaginé una historia tan dolorosa. —Supongo que ahora no parezco una princesa —respondió ella—. Pero cuéntame más sobre tu aldea. —Es distinta a todas. Hombres y mujeres entrenan desde pequeños para ser guerreros. Solo salimos cuando se nos asignan trabajos según nuestras habilidades. —Suena fascinante. —Ahora podrás conocer muchos lugares. Nadie volverá a prohibirte nada. Aunque era cierto, Katherine habría preferido conservar a su familia. Tras desayunar, Daniel volvió a cambiarle las vendas. Luego fueron al pozo cercano por agua y recogieron leña. Más tarde, Daniel fue a un pueblo cercano a averiguar noticias sobre su fallido intento de asesinato. Regresó al atardecer. —Nos están buscando. Será mejor no salir. Le entregó un paquete. —Compré ropa para ti. Espero que te quede bien. Dentro había pantalones, una túnica azul, botas y una capa negra. —Gracias. Cenaron pan fresco y queso. —Mañana debemos marcharnos temprano —dijo Daniel—. ¿Crees que puedas viajar? —Sí. Me siento mejor. No soy tan débil como parezco. Daniel sonrió. Tenía razón. —Será mejor dormir. Mañana será un día largo.
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