—¿Por qué no me avisaste de que venías a casa? ¿Podría haberte cocinado algo? —como siempre, Alice Andersen no dejó que su hija dijera nada. —Yo también me he enterado antes —explicó Kilye , aun completamente abrumada por la situación. Su madre la empujó hacia el interior del piso, Kilye cerró la puerta y la siguió hasta el salón. Inmediatamente comenzó de nuevo la letanía habitual —Prometiste llamarme después del fin de semana en Las Vegas, estaba muy preocupada. Dios sabe lo que podría haberte pasado. —Lo siento, lo olvidé. Pero como puedes ver, estoy bien y no ha pasado nada —insistió Kilye , continuando la frase en su mente, «excepto que acabé en la cama con el chico guapo sin afeitar». —He tenido las peores imágenes en mi cabeza —se lamentó además Alice Andersen—. Asaltada, secue

